Los viajes que no se acaban jamás

Conozco gente que viaja sin moverse de su casa. Está la doctora Marta Martínez, que se sienta en la galería, se sirve un café y pierde la mirada en su jardín como si éste fuese la prolongación del verde de Tafí del Valle, el Tucumán que ama. Como pasa en la vida, su viaje siempre recomienza cada vez que mira su jardín. Nunca el verde, ni la luz, ni los colores ni su propio estado de ánimo son iguales, como tampoco son iguales los días que vivimos. Seguramente, la doctora Martínez sabe esas dos cosas: cada viaje es diferente al otro y cuando uno lo hace sin moverse de su casa, más que nunca está viajando por el interior de sí mismo. Seguí leyendo En la Casa de Ana Frank: una escalera al diario más leído y bien llorado Por Diana Pazos El vasco memorioso que volvió a nacer Por Cristian Sirouyan Alfama, un fado y un viaje Por Pablo Bizón Está el empresario Raúl Chamy, que, en reunión con amigos, puede pasarse un mes contando cientos de historias de viajes. Tiene un pozo sin fondo de ellas. Pueden ser divertidas, exageradas, verdaderas, falsas, pero siempre son atrapantes. Chamy apenas hace gestos cuando las cuenta, pero las anécdotas de esos viajes tienen momentos de agitación y de calma, de suspenso y de plenitud, de delirio y placer. Como los buenos relatores (y escritores), él sospecha que incluso las mentiras constituyen la parte más brillante de cualquier relato o, al revés, que los inventos son las verdades de la historia. Con Raúl Chamy no se sabe, porque cultiva un hermoso género: la fábula. Pero ojo, esa fábula esconde una certeza: la mayoría de las veces, los viajes que se imaginan no son menos valiosos que los que finalmente se ejecutan.Cada viaje es diferente a otro.Tenemos a la profesora jubilada Rosanna Marini, que con su esposo Biffe Fantoni viajan incesantemente por el ancho mundo desde su Toscana natal. Han recorrido Europa e incluso el norte africano en su motorhome y representan el modelo de esos viajeros curiosos y ávidos capaces de detenerse en una catedral o un museo, pero también ante el perfume de flores o especias que revelan todos sus secretos en un zaguán o un pequeño mercado de una ciudad perdida en los mapas.Para Rosanna, eso no es suficiente, ya que en sus días como residente en el pueblo italiano San Giovanni Valdarno, continúa el viaje a su manera. Desde su escritorio, navega por la infinita geografía de la web, conoce gente nueva, cultiva amistades, cuenta sus experiencias y parece estar convencida de que todo el tiempo se acumula en el presente, que en su caso abarca la sombra del pasado y el sol del próximo viaje. De alguna misteriosa forma, los viajes de Rosanna no se acaban jamás. Cuando es viajera, se aferra y disfruta lo desconocido; cuando es residente, lleva los colores del mundo en sus ojos claros.También está un escritor ciego, Jorge Luis Borges. No se movió mucho de su casa, pero describió mejor que nadie el infinito universo.

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