El físico que nos sacó del cepo cambiario

Mientras el mundo se derrumbaba, Demian Reidel festejaba. El cataclismo de 2008 hizo tambalear por un rato los cimientos capitalistas pero el financista se sabía próspero. Su hedge fund (fondo de cobertura) QFR Capital Management había resultado una revelación. “Los clientes nos daban su plata y nosotros la manejábamos de acuerdo con ciertos parámetros de riesgo”, explica nueve años después, en una oficina de la City porteña. Aquel fondo de inversión tenía poca correlación con el mercado. No importaba el desastre de Wall Street y su contagio a las grandes plazas mundiales. Reidel había aprendido a estudiar interacciones y detectar vínculos ocultos entre variables monetarias y crediticias, estructuras de tasas de interés y deudas del Tercer Mundo. Para que eso se tradujera en plata, había echado mano a su pasado argentino.Cuando era adolescente quería diseñar microprocesadores. Después de cursar un par de años de Ingeniería Electrónica en La Plata, en 1991 se mudó a un entorno boscoso con edificios de piedra: el predio del Centro Atómico Bariloche, donde también funciona el Instituto Balseiro. Se recibió de licenciado en Física, aunque el título de su tesis anticipaba otros intereses: Redes neuronales: almacenamiento de secuencias y propiedades estadísticas. “Ahí se me abrieron un montón de opciones, como el machine learning y la inteligencia artificial”, confirma. La Física le gustaba más como consumidor que como productor. Y los números empezaron a seducirlo. Demian, que se llama así por la novela de Hermann Hesse, viajó a Chicago para hacer un máster en Matemática Financiera. El paso siguiente estaba en Manhattan.“Trabajé para un par de bancos”, resume. No hablamos de atención al cliente ni de liquidación de jubilaciones. En 1998 el JP Morgan lo convocó para investigar mercados emergentes. Tres años después trazaba estrategias de deuda externa para Goldman Sachs, otro gigante que caería en desgracia (y sería rescatado) tras la burbuja de las hipotecas subprime y su consecuente crisis global. Antes de fundar QFR, blindó su formación con un doctorado en Economía en Harvard, que completó en tiempo récord. Nueva York lo atrapó (“hace que pienses mucho más en el mundo”) y Wall Street lo cobijó, aunque le neutralizó un par de fantasías.“Cuando vi El lobo de Wall Street (de Martin Scorsese, basada en las memorias de un corredor de bolsa inescrupuloso y descontrolado, Jordan Belfort, interpretado por Leonardo DiCaprio) me indigné. A mí no me tocó nada de eso (risas). No digo que no exista, pero tenés una variedad de fauna drástica. Muchos de mis mejores amigos eran súper buena gente, leales, se mataban laburando. Es una industria con mucha meritocracia, donde se va con el cuchillo entre los dientes. Uno elige con quién se relaciona”, asegura.A su manera, aprendió a capitalizar los años del Balseiro. La Física le dio un andamiaje formal, una facilidad de lenguaje para modelar y calcular, habilidad para focalizarse en los contenidos con rapidez. “Los problemas que resolvés en finanzas son bastante parecidos a algunos de la Física”, plantea. Por ejemplo: la ecuación que describe el fenómeno de la difusión, como cuando se expande una gota de tinta arrojada en el agua, tiene las mismas propiedades que algunas ecuaciones financieras.”Cuando vi ‘El lobo de Wall Street’ me indigné. A mí ni me tocó nada de eso. No digo que noe xista, pero tenés una variedad de fauna drástica.”O el random walk (caminata al azar), sobre la distribución de probabilidad de un movimiento, que también se aplica para analizar posibilidades de retorno de los activos. En ese camino, Reidel fue encontrándose con otros físicos y con algunos ejemplos extremos. El fondo Renaissance Technologies trabaja con matemáticos y geólogos para analizar desviaciones mínimas de precios y –gracias a un ejército de servidores hiperveloces– opera un milisegundo antes que los demás. “Se recontra llenaron de guita”, recuerda, todavía sorprendido.Volver. Cuando llevaba 15 años en la ciudad más cosmopolita del mundo, Demian recibió una de esas llamadas que cambian todo. Federico Sturzenegger lo convocaba al Banco Central, que debía cumplir una de las promesas que le habían hecho ganar la elección a Mauricio Macri: terminar con el cepo cambiario. “Me pareció un desafío increíble, no desprovisto de la sensación de que me estaba tirando a la pileta”, se sincera. “Cuando dije que sí, no tenía ni dónde ir a vivir”. Dejó su departamento en el Soho, le preguntó a un amigo cómo se veía con un roomate y se fue a su casa hasta que consiguió un departamento en Palermo. Por esos días, sólo fue noticia cuando revistas como Paparazzi hablaron del “misterioso y millonario novio” de la conductora Barbie Simons, una relación que ya terminó.Demian Reidel junto a Federico Sturzenegger.Una semana después de que Reidel aterrizara en Ezeiza, los argentinos ya podían comprar dos millones de dólares al mes. Algunos informes lo señalaban como el responsable de aquella ingeniería, aunque él no se hace cargo: “La lista de cosas que había para hacer era enorme”. En su caso, manipular emisiones, tasas y letras; enfrentar las consecuencias inciertas del trato diario con esa entidad fantasmal conocida como “los mercados”.“El dinero es algo primitivo. Algo viejo, anticuado, una reliquia”Cuando le preguntan por su aporte desde la vicepresidencia segunda del Central, habla del insight que le dio Wall Street. Un inversor para las antenas –en su caso, compraba o vendía monedas– si los bancos centrales hacen algo inconsistente con la situación macroeconómica; nada es mejor, en ese caso, que el error de los gigantes estatales. Esa experiencia, sugiere Demian, le sirvió de contraejemplo en la función pública.El rol supuso responsabilidades bienvenidas, como representar al Banco en el G20, y algunos aprendizajes forzosos. “Nos mandamos una cagada y hay gente que es más pobre y la pasa peor”, pensaba durante los primeros días. Para evitar el miedo escénico, decidió que lo mejor era centrarse en usar las herramientas sin emociones. Mezclar las dos facetas “lleva a peores decisiones”.Plata quemada. El 21 de octubre del año pasado –mientras crecían los cuestionamientos al Central y a las políticas monetarias nacionales– Demian se paró frente a 10 mil personas en Tecnópolis para hablar sobre el fin del efectivo. “El dinero es algo primitivo. Algo viejo, anticuado, una reliquia”, dijo en el ciclo TEDxRíodelaPlata, vestido con una remera negra, un buzo con capucha y zapatillas gastadas. Habló de cómo los carteles dejan restos de cocaína en los billetes y de cómo el papel facilita la corrupción callejera: nadie le pide el CBU al policía que está por hacerle una multa. Habló de bolsos repletos de plata y de un emperador chino obsesionado con imprimir cada vez más dinero “para financiar al gobierno”. Denostó la movilización de camiones blindados, el derroche de nafta, la contaminación irracional de un negocio en extinción: el transporte de papel. Y recordó a los pobres que no pueden desarrollar sus ideas porque se quedaron afuera del sistema (financiero).Para Demian Reidel, los problemas que se resuelven en la física son parecidos a los de las finanzas.El sueño de la inclusión financiera y el fin del papel en un solo movimiento tiene algunos obstáculos. El más obvio: sin efectivo, el tercio de la economía argentina que permanece en negro volaría por los aires. Pero Demian Reidel está convencido de que, más tarde o más temprano, el cambio llegará. No puede arriesgar un pronóstico (“nadie lo ha hecho todavía; sólo avanzaron los suecos y los indios”), aunque recuerda que la Argentina ya dio pasos concretos, como la creación de una plataforma de pagos móviles y la simplificación de las aperturas de cuentas.“Yo soy fanático de los libros electrónicos. Tenés todos en la mano y en un segundo, sin talar árboles y sin costos de envío. A mí también me encanta el papel. El olor me hace acordar a cuando era chico, pero ya no tiene sentido. Es una tecnología que está superada. En 50 años la gente va a decir: ‘estos tipos intercambiaban papelitos’”.

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