Pepe Cibrián y la inseguridad: “Si me matan un hijo y el asesino sale por la otra puerta, no sé si no me convierto yo en un asesino”

En el escenario y rodeado de aplausos, Pepe Cibrián (69) recuerda: “Para fracasar primero hay que tener éxito”. Se trata de un aprendizaje que incorporó a sus 19 años, cuando soñaba con triunfar.El éxito llegó. Y Pepito nunca deja de agradecer a quienes confiaron en él. Drácula marcó un antes y un después en su vida y también en el teatro musical en la Argentina. Pese a eso nunca paró: ni la enfermedad, ni las dificultades económicas lo frenaron, y no temió golpear puertas. Hoy eligió volver a sus orígenes, unir el prestigio con el hambre de gloria y recordar los tiempos en que se presentaba en sótanos con A quién le importa Gracy Sanders. “Los nervios son iguales acá o en Moscú. La necesidad de un aplauso es igual”, afirma.Además vuelve a dar clases de comedia musical, planifica Drácula Rock, La dama de las rosas, que hará en marzo con Cecilia Milone, y, como si fuera poco, en mayo estrenó Radioteatro con Marisol Otero. Pepe no para. Nada ni nadie lo frena. Y lo mejor es que disfruta cada paso.—¿Cómo definís tu humor hoy?—Mi humor está espléndidamente bien. Cuando la vida te enfrenta a límites y eso va resolviéndose, hay un punto en el cual, parece muy raro, pero digo: “Gracias cáncer”. Vos sabés qué horror, porque hay mucha gente que lo está padeciendo y no puede decir lo mismo, pero yo que estoy saliendo. ¿Gracias por qué? Gracias porque me ayudó a cambiar la visión de muchas cosas de la vida que antes no lo hubiese podido hacer. Los rayos son fuertes, yo los viví como si fuese Disneylandia, agradeciendo cada rayo y puteando cuando me tiraba, le decía a la célula: “Te vas a morir hija de puta, te vas a morir”.—¿Hay un aprendizaje?—Hay cosas que se van. Por ejemplo, lo material, no me importa nada. Me dicen: “Pepe, tenés todas estas cosas”. Bueno, las tengo y las quiero vender. No me dan un puto peso porque no valen; si no las vendería todas, las voy a regalar. Durante muchos años me encantó comprar mucho y la vida me dio la posibilidad. Y hoy viajo y no compro nada porque siento que es como que me empalaga.—Antes del estudio mensual, ¿tenés miedo?—Mucho. Me lo voy a hacer la semana que viene, y digo: “No, no va a bajar, va a subir, entonces obviamente voy a tener que hacer quimio…”. Ahora te ponen unos cascos helados, así no se te cae el pelo. Y sino, voy con el pelo calvo. Todo eso lo pienso todo el tiempo; me da igual, no voy a taparme, al contrario. A lo mejor no pasa pero a lo mejor sí y lo enfrento, no dejo de hacer, no dejo de proyectar. Eso sí: sufrir, no. Si me tocara sufrir algo ya está muy claro que “Adiós, Pampa mía”. En eso estamos muy de acuerdo con mi familia.—¿Está hablado con los amigos, con la familia, con Santiago (Zenobi, su marido)?—Sí, con Santiago. La gente puede no estar de acuerdo, es su religión y me parece muy bien, no tienen por qué estar de acuerdo conmigo. Pero como es mi vida hago lo que me da la gana.—¿Cómo está la depresión?—Me están bajando los antidepresivos. Es fantástico: mis perros, mi parque, todo. Me voy a mudar. Soy feliz.—¿Te mudás por un tema económico?—No. Y si lo fuese lo diría porque no tengo que explicarle a nadie, pero no lo es. Es que siento que esa casa en la cual estamos Santiago y yo solos ha cumplido un período, maravilloso, pero se me viene encima, es muy grande. Ese parque es una reserva ecológica maravillosa, única, pero también se me viene encima. Hasta que no me vaya voy a cuidar mis plantas. Si alguien me viene a comprar la casa y yo le digo: “Bueno, ¿qué va a hacer con el parque?”, “Voy a cortar tres árboles”, le digo: “No te la vendo”.—Hay una elección de a quién vender.—Sí. Y ya he visto otro barrio divino que hizo todo el parque Thays y una casa que me pareció maravillosa: es ahí donde me quiero mudar. Y si no es en esa casa, será otra de ese barrio.—¿Qué cuentas pendientes tenés? —No creo tenerlas. No, porque la vida siempre me ha ido adaptando. Soy muy junco, no soy un edificio rígido.—¿De qué te salvó en la vida el teatro?—De todo: de la locura, de las drogas, de todo. Lo que para la gente locura sería en la calle gritar: “Soy Federico García Lorca”, me llevarían a internar. En cambio, lo puedo gritar sobre un escenario.—¿Cómo fue el vínculo con las drogas?—Yo nunca he visto droga. Cuando escribí mi primera novela, un gran autor, no voy a dar el nombre, que ya falleció, le pedí que me diera clases particulares si podía. Me dijo: “Sí, chiquito”. Un grande, fui a su piso y me dice él: “¿Querés coca?”. Pensé “Cola”, claro. Le dije: “No, gracias”, y de pronto veo entre las hojas que sacó un frasco y yo temblaba. Pero no soy boludo… Es que tengo el miedo de que si lo hubiese probado alguna vez me hubiese gustado. Como estoy yo, con mis drogas internas, me pongo a drogar y creo que no me bajan de las paredes. Es mi fantasía.—¿Tenés una conducta adictiva en general?—Adictiva, no. Fue adictivo el comprar, por ejemplo; eso sí lo fue. Pero también lo heredé de la Campoy (por su madre, la inolvidable Ana María).—Si mirás hacia atrás, ¿cuál era el sueño?—El sueño era triunfar, ser reconocido, que me gritaran “¡Bravo!”, que me sacaran tapas. Nunca fue la plata, nunca dije: “Ay, quiero tener un piso en Libertador, quiero tener esta casa”, y siempre hemos vivido muy bien. Yo de chico quería ser Papa, estudiar para Papa.—Hubo en vos una reivindicación de muchas generaciones.—Y sí, claro. ¿Sabés las miles de veces que yo iba a empeñar el anillo de mamá porque tenía un solitario, los empeñaba, quería venderlos, me daban una mierda, volvíamos? Ocho años de gira porque no la llamaban para hacer televisión y yo iba de asistente, y luchábamos la vida. Papá y mamá trabajaban para que mi hermano Roberto estudiara arquitectura. Eran mágicos padres, los amaba mucho.—¿Los extrañás?—Mucho, profundamente. A mamá su risa, y a papá… papá es el que marcó profundamente cuando a los 18 años le dije que sentía que mi gran angustia era que me sentía homosexual, y me dijo: “No, Pepe, se es hombre en la vida, no en la cama”. Mi padre me dio libertad porque yo soy hombre más allá de lo que haga en mi vida privada.—¿Dónde los encontrás hoy a tus padres?—En el aire. Estaban cremados los dos. Un día mi psiquiatra me dijo: “Pepe, tenés que dejarlos libres”, ya después de años. Le dije: “Pero me da miedo, ¿dónde los tiro?, en el río van a tener frío…”. Esas cosas que uno piensa. Entonces le dije a Santiago, mi gran compañero: “¿Vos te animás? Un día, sin que yo lo sepa, agarrar las dos urnas, irte a un lugar donde sepas que no van a construir en mucho tiempo, mezclar las cenizas y tirarlas al viento, y nunca decirme ni cuándo ni dónde”. Y efectivamente: un día miré y no estaban más.—Y están en todos lados: en el teatro, en tu casa…—Totalmente. Están las cenizas de todo el mundo. Nosotros inhalamos permanentemente historia. Se nos va acumulando.—¿Crees en la reencarnación?—No, creo que nos estamos esperando. Creo que están arriba mis padres. Mis padres, mis perros, todo. Todo lo veo blanco. Creo profundamente en eso. Me ayudó mucho a creerlo Gustavo Yankelevich cuando un día hablábamos de Romina (Yan) y fue tan bella esa conversación, tan extensa, tan profunda. Le creí, y lo hice mío.—Recién contaste esta charla que tuviste con tu padre a los 18 años. Ya habiendo hablado con tu papá sobre tu sexualidad, te casas con una mujer.—Sí. Con Ana María Cores. Yo tenía 23 años, ella 20, estábamos haciendo mi primera obra, era una cooperativa. En esa teatralidad que nos envolvía me enamoré de su talento, inmediatamente salimos y le expliqué cómo era yo, cómo era mi vida. El tiempo que estuvimos juntos la respeté profundamente porque me parecía en ese momento que así debía ser. Nos casamos en la Abadía de San Benito, todo fue muy teatral. “El Gordo” Bergara (Leumann) nos hizo la fiesta en “La Botica del Ángel”. Fue un matrimonio breve, de un año, porque indudablemente yo quise tener un hijo pero éramos dos chiquilines, hubiese sido un error quizás, o no, pero no se dio. Es una mujer maravillosa, pero éramos muy jóvenes.—Y después, ¿nunca más te gustaron las mujeres?—No. Entiendo que mi vida es ésta, no me puedo quejar. No tuve hijos porque no quise tenerlos, porque poder podía, ¿verdad?—Sí. De hecho en algún momento estuvo la posibilidad, ¿no?—Luego quise adoptar. Biológicamente yo tenía todo en funcionamiento y no se dio. No quise, se ve, porque si no lo hubiese hecho. Luego cuando quisimos adoptar tampoco se dio, y muchos años después me llamaron y ya sentí que era muy grande. Lo hablé con Santiago y creo que por algo fue.—¿Fue difícil en ese momento decir que no?—Muy difícil. Lloré horas, pero entendí que no, que ya tenía 65 años y que Santiago tenía 37 en ese momento, y si le pasaba algo a él, ¿qué hacía yo? No si me pasaba algo a mí. Yo estaba en Cafayate, en Salta, en un hotel divino y me dicen: “Del juzgado tal”. Y ya me puse a llorar porque sabía lo que me iban a decir. Me dice: “Mire, yo sé que usted tal cosa, éste es mi juzgado, si usted tiene deseo”. Me dejó el teléfono. Lloré, lloré, lloré, lo llamé a Santiago que estaba en Buenos Aires, lloré, lloré, lloré, y le expliqué y me entendió y seguí llorando, llorando, llorando, hasta que entendí que no, que no podía ser.—Santiago estaba de acuerdo.—Y Santiago me entendió.—Pero fue hacer un duelo ¿No?—Terrible. Teníamos los cuartos, teníamos todo, porque lo hacíamos todo muy legalmente—¿Qué opinás sobre un debate que reapareció en las últimas semanas que tiene que ver con la mano dura y la pena de muerte? —La pena de muerte me parece espantosa. No creo que haya resuelto (la inseguridad) en los países donde se aplica y es aplicada hace siglos. Sí creo que debe haber una legislación que se cumpla, porque no es justo que alguien que de pronto mata a alguien salga por la otra puerta. Debe haber una ley más estricta. Lo que pasa es que tampoco hay cárceles, tampoco hay dónde poner a la gente, están hacinados. Lo que no puede ser es que si yo soy padre de un hijo que me lo matan y el asesino sale por la otra puerta no sé qué voy a hacer. Sinceramente, yo no sé si no me convierto en un asesino.—¿Te imaginás en alguna situación capaz de matar?—Yo creo que sí. Si me matan a mi madre y sale tan tranquilo por la calle cuando acaba de salir de una cárcel por haber matado a tres… Dejame de joder.—Pena de muerte no, pero garantismo excesivo tampoco.—No. Creo que hay que tener legislación que castigue al señor que hace estas monstruosidades. Al que mata a una mujer, al que viola a una niña. Tienen que resolverse los pedófilos del Vaticano, dejame de joder. Entonces el Papa, que dijo que la ley igualitaria era obra del diablo y luego dice que no, que él no es quién para juzgar a los homosexuales, y luego defiende al obispo de Chile, ¿me querés decir entonces dónde está nuestro Papa? Y no viene a la Argentina. ¿Por qué no viene a la Argentina? ¿Por qué defiende a ese obispo? La gente no cree. Entonces la gente cada vez tiene menos fe.—¿Te enoja que no venga a la Argentina o te da lo mismo?—Me da igual, yo no lo necesito. A mí lo que me enoja es que nos desvaloricen diciendo: “¿Por qué no viene a la Argentina?” No lo sé, yo no sé si va a tener buen bordereau. Si en Chile le fue como el culo, yo no sé si viene acá y le pasa lo mismo. Me parece un horror que escriba cartas que no tiene que escribir, porque más allá de sus opiniones personales es el Papa, no es un legislador argentino. Me parece que no tiene por qué meterse en la política de mi país. No tiene por qué ser partidario. No tiene por qué escribirle a la Bonafini diciéndole que luche. Lo que dice la Bonafini es muy fuerte. La admiro profundamente, la amaba y la respeto históricamente el momento de su vida que defendió. Pero luego las cosas que están diciendo, no. No se puede decir lo que se dice y el Papa diciéndole que “sigamos luchando”. ¿Contra qué? ¿Contra Macri? ¿Qué es lo que quieren decir? ¿Que también hay que sacar, como dice ella, como dicen otros, al Gobierno?—¿Te parece que hay un intento de desestabilizar?—Sí, pero eso es un tanto ingenuo porque en el pueblo no somos boludos. Podemos no ser macristas, yo lo voté y no estoy de acuerdo con muchas cosas, pero de ahí a desestabilizar… Yo nunca hubiera querido desestabilizar a Cristina (Kirchner), ni a nadie. Y la voté también. Después, no estuve de acuerdo.—Tuvo mucho apoyo el Gobierno en las legislativas.—Claro, pero por algo será. También tuvo muy buen resultado Cristina cuando ganó por el 54%. No estamos bien en nuestra economía, pero no estábamos tampoco bien antes, ni antes de antes. No paró desde la época de (Álvaro) Alsogaray, de “Hay que pasar el invierno”. Cada gobierno es una híper inflación, estamos siempre con los huevos acá, no sabemos qué hacer, el teatro no se puede subir porque no cabe, pero entonces no se puede pagar lo que tiene que hacerse. Tenemos un pueblo que es maravilloso, pero donde lamentablemente no se les inculca a muchos el trabajo. Los beneficios sociales que tiene la gente, que me parece impecable, que los gobiernos tienen que ayudar a los desposeídos para tener un dinero para sobrevivir. Eso no tiene que ser limosna. Y para que no sea limosna te tengo que dar la plata y decir: “Sí, te voy a ayudar como un padre a un hijo”, porque el gobierno es padre, “Pero vos tenés que estudiar”. Es una dignidad que gana todo lo aportado por el gobierno hasta que un día no lo necesita más porque lo gana. Y su hijo ve que ese padre trabaja para ganar eso y no que no trabaja, con lo cual este chico no tiene cultura del trabajo. Ya vamos generaciones así. ¿Cómo van a ser? ¿Alguien nace con un paco en la boca? No, nadie nace con un paco en la boca. Entonces hay factores sociales, y de futuro y de plataformas muy grandes donde no sé si le será fácil, pero es la función del Gobierno, tratar de salir de esto.—¿A Cristina cómo la recordas?—Como una mujer muy inteligente, muy capaz. Pensé que iba a ser una gran estadista: no lo fue. Sigo admirándola desde su capacidad, desde su intelecto, desde todo lo bien que hicieron ellos. Pero no puede ser que la presidenta no supiera nada de lo que estuvo pasando, que lo estamos viendo: salen, salen, salen. Y si luego salen denuncias contra Macri, también tienen que ser juzgados, no estoy diciendo que no. La Justicia tiene que ser independiente y juzgar a todo el mundo igual.—Cuando llegaste me dijiste: “Buenos Aires está difícil para vivir”. ¿A qué te referías?—A la agresión que hay porque es lógico: la gente está desesperada. La gente busca como sea para salir adelante. Si te quedás sin laburo, se despide indiscriminadamente muchas veces, sin análisis. Podés ser kirchnerista y ser muy talentoso, ¿por qué te tienen que despedir? ¿Porque pensás distinto? Yo he vivido de mis compañeros actores, he escuchado: “No, no lo contrates que es kirchnerista”. Dejame de joder, le he dicho cosas horrorosas: “¿Cómo no vas a contratarlo porque es kirchnerista?”.—¿Con quién no te sentás a tomar un café?—Seguro con nadie de la Junta de Gobierno. Con esos genocidas definitivamente no me sentaría a tomar un café. No me sentaría con muchos personajes de la política anterior, del otro gobierno. No me sentaría, como no se sienta la sociedad.—¿Te llama Cristina para tomar un café y no te sentás?—Sí, me sentaría para preguntarle por qué. Eso le preguntaría: “¿Por qué dejaste que pasara todo esto teniendo un país en tus manos, un país a tus condiciones, el 54% de los votos, entre ellos el mío? ¿Por qué dejaste que pasara esto?”. Y eso sí, tomaría el café. Los demás no, porque no tienen… Sí tienen el poder, pero hay un poder superior. Es en definitiva el padre el responsable de la familia.—Si salís de acá y te enterás que te quedan 10 minutos de vida, ¿qué haces con esos 10 minutos?—Me voy corriendo al teatro, hago que traigan a los perros, a Santiago, a vos, a todos los amigos, me despido feliz de la vida, brindo con champagne y les deseo lo mejor del mundo porque desde arriba los voy a estar cuidando.MIRÁ LA ENTREVISTA COMPLETA:

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