Acertijos en el espejo del psicoanalista

Sobre su escritorio, Carlos Brück conserva acomodadas tres libretas, casi casualmente. Cada una lleva en su portada una palabra, un verbo. En semicírculo dicen (en inglés): vivir, aprender y reír. Una tríada de deseos y necesidades virtuosas. Psicoanalista y escritor, posee el porte y el discurso que proponen ir hacia esos tres momentos a través del psicoanálisis, la poesía, el cine, las bellas artes. Todo conjugado en una serie de ensayos que Brück publicó bajo el título Ningún espejo refleja la pasión publicado por la Fundación Proyecto al Sur, donde Brück también edita la revista-libro Mal Estar. En ese espacio se cruza psicoanálisis con distintas representaciones de la cultura. “No es una revista hecha por psicoanalistas para psicoanalistas, sino una donde están convocados sujetos que tienen diferentes lecturas, en relación a un tema en común”, define Brück.–En el libro cita a Jacques Lacan: “En los próximos años el discurso del analista dependerá de lo real”. ¿Todavía es necesario afirmar esta idea?–Y sí, porque detrás de lo que llamamos la realidad está algo que es mucho más inabarcable: lo real. Es el trasfondo de todo acontecimiento humano. Varía y es importante que el psicoanálisis sepa pararse frente a lo que serían los semblantes de lo real. El nombre de la revista que hacemos son dos palabras separadas porque justamente la idea es que el psicoanálisis no puede colocarse en el buen lugar, el de adaptación, adecuación, que ignore todos los tropiezos que plantea lo real. Debe estar en un lugar incómodo y desde allí proceder.–Todo aquel que ha sido paciente sabe de esa incomodidad. ¿Cómo lo trabaja con el paciente nuevo o con aquel que sufre ese malestar en la sesión?–Lacan tiene una afirmación muy interesante que dice que “la gente se acomoda al malestar” y entonces el psicoanálisis tendría que ver cómo intervenir ahí. Uno puede plantearse soluciones, desde la iglesia hasta el psicoanálisis, pasando por un grupo de tai chi o hacer colectas para chicos carenciados. De ninguna manera me planteo incomodar. Sí planteo que el padecimiento está ubicado como una solución muy cómoda. Tenemos que ver cómo pensar que el sujeto se las puede arreglar de otra manera con lo que le sucede, que es mucho más íntimo que el síntoma. El síntoma es una solución que tiene su costo, obviamente, y que si al sujeto le resulta no va a venir a la consulta. Nadie llega al diván sin un motivo, pero es frecuente que alguien transcurra un análisis, ya no por el motivo de consulta, sino por aquello que lo causa en la vida, que le da una determinada posición en relación justamente con su deseo, con su vínculo con lo real. Eso es la causa.–¿Y el paciente reclama un analista activo?–El analista en su función no opina (a menos que la situación lo requiera) ya que no conduce al paciente sino a su análisis. Inevitablemente el psicoanálisis en estos tiempos debe intervenir en los asuntos de la polis, estableciendo una posición y las coordenadas del malestar que se presentan y cuál es el semblante de lo real (eso que Freud llamaba la Cosa) y de sus imperativos. Un ejemplo sería ese eslogan publicitario: “nada es imposible”. Y lleva al sujeto a acercarse peligrosamente al sol.–Se le pide al paciente que revuelva en el pasado para resolver el presente…–Tampoco es un imperativo kantiano el tener que proceder hasta las últimas consecuencias. De ninguna manera ese lugar va a ser el infierno donde se revuelven cosas. A veces es común escuchar “yo no quiero revolver mi pasado”. ¿Quién quiere revolverlo? Al psicoanálisis debería importarle tanto el pasado como los efectos de ese pasado en el presente del sujeto. Porque el pasado ya transcurrió.–En el libro señala que el poeta reconstruye, rememora y ficcionaliza. ¿Hay paralelismo con el analista?–El analista puede hacer construcciones. Pero hay que ver hasta qué punto esas construcciones llegan a ese núcleo duro del inconsciente. Creo que lo que se debería evitar es que el análisis se convierta en un relato, una conversación, un intercambio de opiniones. Cuando Freud hablaba de la abstinencia, se refería a establecer una opinión, una indicación que vaya más allá de lo necesario. Y en definitiva no hay un modo uniforme, homogéneo, por más que haya construcciones teóricas que lo sustentan, de arreglárselas con lo singular de cada sujeto que consulta. Eso es muy importante. Y eso es, como usted sabe, la oposición frente a lo que es la ciencia, que establece algo que va más allá, prescinde del sujeto, en cuanto que establece una serie de cuestiones que abarcan otro orden de conceptos.–Usted cita a una paciente preocupada por “estar alerta”. Parece alguien que todos conocemos que dice que hay que estar alerta ante la inseguridad, los otros, hasta el celular. ¿Hay mucha gente en estado de alerta?–Es una espera en alerta. Como si se estuviera en los umbrales de algo que puede pasar. En ese sentido, los requerimientos de la tecnología, o la violencia de la inseguridad, etcétera, van haciendo una constructio donde sí, el sujeto está en una espera alerta. El sujeto puede estar advertido pero no en relación equivalente al alerta, sino advertido de su propia condición. Es muy importante porque desde la mitología griega en adelante esto de no querer saber lo que se sabe hoy está vigente. Tenemos el ejemplo de la historia reciente, de no querer saber lo que se sabía. A veces es difícil aceptar que se sabe lo que no se quiere saber. Tenemos a Edipo cuando va hacia Tebas, equivocado, creyendo que ahí se salvaba, cuando en realidad iba a su destino trágico, como corresponde con la épica de los mitos griegos. Edipo va muy orgulloso porque resolvió el enigma de la esfinge. Pero en realidad es un acertijo, para mí es acertijo y no un enigma.–¿Y usted encuentra en algunos pacientes esa búsqueda, esa necesidad de resolver un acertijo?–Un acertijo es un conjunto de palabras que está dando vueltas y presentando un problema. En realidad el problema es cuando el paciente cree que resolviendo ese acertijo ya está todo OK. En el filme La última locura de Mel Brooks hay una escena casi al final en donde el villano está corriendo por las escaleras y Gene Wilder lo persigue. Están recreando una escena de Vértigo de Hitchcock. Y cuando Wilder va a caer por el abismo, dice: “no es la altura, son los padres”. Y sube triunfante. Eso sería un acertijo. Pero creer que resolver el acertijo es concluir con lo que genera en el sujeto, es erróneo.–¿Ha percibido en el consultorio qué grupos sociales o etarios presentan mayor demanda?–Podría decir que un conjunto de adolescentes se pueden sentir, no diría desprotegidos, sino más bien en un lugar muy incierto, donde faltan ciertas referencias que lo respalden. También puede haber otros grupos etarios, como los ancianos, que sufren los cambios de los modos del hábitat y de las relaciones familiares. Porque eso es lo que interesa, estos cambios tienen que ver con los cambios en el lazo social. Inevitablemente es así. Y que por ahí se sienten desprotegidos, o frente a situaciones que los hacen sentir muy vulnerables. La cuestión es si el malestar en la cultura es hoy como lo fue ayer. Y en parte sí es equivalente, lo que no quiere decir igual. Hacia 1300 en la Cruzada de los Inocentes murieron cientos de niños que iban a Jerusalén que se los apropiaban los mercaderes de esclavos. Eso posee similitudes con cosas que hoy pueden sufrir los chicos. La diferencia es que no hace mucho que aparece el concepto de niño: antes no era una figura civil, sujeto reconocible y de derecho. Hoy, una histeria posee un semblante absolutamente opuesto a una histeria en la época de Freud en cuanto a sus manifestaciones.–En el presente convivimos con las llamadas “nuevas sexualidades”, aunque tal vez siempre existieron…–Este es un debate que se está dando con mucha frecuencia, es como un interrogante. Creo que ahí interviene la tecnología, porque una operación de cambio de sexo no existía en otra época. Hay nuevas maneras de mostrar la sexualidad. La marcha del orgullo gay –por ejemplo– no existía hace cincuenta años. Sí existía que los molieran a palos. Lo fundamental de cada sujeto es el cuerpo. No el de la medicina, no el cuerpo de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp (Rembrandt), sino el cuerpo erogenizado, atravesado por la palabra, por el imaginario, por eso inasible de lo real, ese es el cuerpo que funda al sujeto.–Un clásico: ¿el psicoanálisis está en crisis? ¿Viva el psicoanálisis?–Hace muchos años escribí un texto: “La declinación del psicoanálisis” y lo que decía es que periódicamente se plantea que el psicoanálisis está en crisis. Yo creo que lo que está hace tiempo en crisis es un modo imperial del psicoanálisis, en donde lo que dice un analista es asertivo. Y si hay algo que puede aparecer próximo a una crisis no es en el sentido de desastre, tornado o tempestad, sino que hay que hacer reflexiones críticas. Que ese es uno de los puntos fundamentales del psicoanálisis. Freud descubre el psicoanálisis justamente cuando él todavía usaba la hipnosis. Hipnotiza a sus pacientes y en el estado crepuscular recuerdan que fueron abusados, pero después Freud hace una reflexión crítica y dice: “algunos sí, pero no puede ser que todos los padres de la sociedad vienesa sean perversos”. Y entonces ahí aparece algo que es magnífico, que es la verdad material y la verdad psíquica. Que es con la que en realidad nos manejamos casi todo el tiempo, confrontándola con la material. Por supuesto estos son tiempos muy duros. Tenemos, como caso, el movimiento Ni una menos surgido, entre otras cosas, por los femicidios. Pero también sostengo que la época victoriana fue de los tiempos más obscenos y perversos que hubo, pese a que nos llega eso de la moral victoriana.

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