Atentado a la embajada de Israel: nunca lo olvidaremos

Más de un cuarto de siglo ha transcurrido desde el siniestro atentado contra la sede de la Embajada de Israel en Buenos Aires. Todos los argentinos recordamos el impacto de aquella jornada. Cada uno de nosotros alberga en su memoria dónde estaba aquel día, cuando en las primeras horas de la tarde del 17 de marzo de 1992 el terrorismo internacional golpeaba a nuestro país.Personalmente, recuerdo que cursaba el segundo año del colegio secundario cuando comenzamos a escuchar ruidos de sirenas de ambulancias que incesantemente marchaban veloces hacia el centro de la ciudad. De pronto, la clase se interrumpió y de un modo u otro, en medio de la confusión, salimos anticipadamente del colegio. Aún no se sabía qué había sucedido. Desconocíamos si se trababa de una explosión, de un derrumbe o quién sabe qué. Sin saber todavía qué había ocurrido, mi curiosidad me llevó a tomar un autobús e ir hacia el lugar. Al llegar, un cordón impedía acceder hasta la esquina de Suipacha y Arroyo, donde hasta horas antes se levantaba el edificio que albergaba la Embajada de Israel. El horror del terrorismo se nos hizo presente, de golpe, de manera brutal.Recuerdo el shock de las autoridades del país en aquellas horas aciagas. Recuerdo también que, en un gesto que en aquel momento despertó algunas críticas pero que después fue valorado, el Gobierno nacional habilitó de inmediato a todos los servicios de inteligencia del mundo desarrollado a concurrir a nuestro país para cooperar en la investigación de tan espantoso atentado.Episodios similares tuvieron lugar años más tarde. En 1993, un atentado terrorista frustrado intentó volar el World Trade Center. Un año después, Buenos Aires volvió a ser blanco de terrorismo extremista cuando una bomba destruyó la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en pleno centro de la ciudad, y acabó con la vida de más de ochenta inocentes. En los años siguientes, un doble y simultáneo atentado tuvo como objetivo las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania. A fines de la década del noventa, tuvieron lugar los brutales atentados en Moscú. En 2001, el mundo cambió para siempre cuando, en la mañana del 11 de septiembre de aquel año, aviones comerciales se incrustaron en las Torres Gemelas y el edificio del Pentágono. Madrid y Londres fueron atacados después. La locura se propagó en los años que siguieron y se desarrollaron técnicas demenciales de terrorismo de manera casi casera cuando “lobos solitarios” impactaron camiones sobre caminantes en Barcelona, Niza y otras ciudades.Hasta los países más desarrollados y seguros del mundo no lograron impedir que la barbarie se impusiera con toda su atrocidad, lo que demuestra hasta qué punto la locura puede apoderarse de los seres humanos.Quienes creemos firmemente en que la civilización es un aprendizaje debemos reafirmar una vez más nuestra vocación permanente por recordar una herida que sigue abierta y no se ha cerrado hasta hoy. Mantener viva la memoria, nunca olvidar a las víctimas del terrorismo y a sus familiares es una de las formas de promoción de los derechos humanos que guía a nuestro país y a nuestro gobierno.Por ello, es un paso significativo contar con la ley 27417 que declara el 17 de marzo como Día de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Atentado contra la Embajada de Israel, aprobada a fines de 2017 y que establece la necesidad de recordar dicha barbarie, en especial en el ámbito escolar.Desde la representación de la Argentina ante el Estado de Israel hacemos votos por mantener vigente el reclamo de justicia ante el atroz atentado del que hoy se cumplen 26 años y que, como dijera hace pocos días el secretario de Derechos Humanos, Claudio Avruj, es todavía un “tajo profundo en el corazón de nuestra sociedad”. Es esa petición inclaudicable nuestro mayor homenaje a quienes inocentemente perdieron su vida en aquella jornada siniestra de nuestra historia reciente.El autor es el embajador argentino ante el Estado de Israel.

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