Hace 10 años se descubrían los horrores del “Monstruo de Amstetten”

Durante 24 años, Elisabeth Fritzl fue la esclava de su propio padre, quien la mantuvo encerrada en el sótano de su casa. Cuando el caso se descubrió hace diez años, el 26 de abril de 2008, el mundo se quedó sin palabras para describir “la casa de los horrores” de Austria.

Hoy, el edificio de la Ybbsstrasse donde tuvo lugar uno de los casos más increíbles de la historia criminal fue renovado. El dueño de un restaurante compró el edificio a finales de 2016 por US$195.000  y alquiló las viviendas. “No se lo puede dejar vacío para siempre. Tenemos que insuflarle vida”, declaró en ese momento.

En los medios mundiales se hablaba del “Monstruo de Amstetten”, la “casa de los horrores” y de “neurosis y locura”. Dos años después del caso de Natascha Kampusch, a quien un secuestrador mantuvo encerrada en un sótano en Viena durante años, Austria volvía a ser un lugar donde ocurrían crímenes siniestros.

“Todos los días había periodistas en el lugar de los hechos, al menos unos 100”, relató el policía Karl Gschöpf. La prensa negativa era tan intensa que el entonces canciller, Alfred Gusenbauer, se planteó iniciar una campaña para lavar la imagen de la república alpina.

La inconcebible doble vida de Josef Fritzl comenzó a principios de los años 80. Fritzl construyó en el sótano de su casa una cárcel de 60 metros cuadrados con un total de ocho puertas, algunas de hasta 500 kilos, que se abrían y cerraban por control remoto. “Luego insonoricé todo el búnker”, confesó tras su detención.

UN BUNKER, DOS VIDAS

El 28 de agosto de 1984 atrajo al sótano a su hija Elisabeth, entonces de 18 años, la drogó y la encerró atada con esposas. Durante los siguientes 24 años no volvió a ver la luz del día, fue violada una y otra vez por su padre y dio a luz a siete niños. Uno de los bebés murió tres días después del parto por una infección de las vías respiratorias sin recibir atención médica. Fritzl quemó el cadáver en la caldera de la calefacción.

Con una enorme frialdad, Fritzl explicó a su mujer y a sus vecinos que su hija había huido con una secta y denunció su desaparición ante la Policía. Su casa se convirtió así en el escenario de las vidas paralelas del hombre, hoy de 83 años. Dos hijos y una hija vivían con su madre en el sótano, mientras que los otros tres niños fueron llevados con su abuela. Fritzl convenció a su esposa de que su hija desaparecida los había llevado hasta la casa y los había abandonado.

Los observadores comentaron que la misteriosa aparición de los tres bebés en una comunidad de 24.000 habitantes tendría que haber levantado alguna sospecha. “Los vecinos tendrían que haber notado algo. Está claro que debemos estar más atentos y reaccionar con mayor sensibilidad cuando pasan cosas extrañas. ¿Es eso lo que debemos aprender del caso Amstetten? Al menos sería algo”, escribió el diario alemán Abendzeitung.

Fritzl era considerado como un déspota que tiranizaba y controlaba a todos los miembros de su familia. Por ello, la Policía le creyó luego a su mujer cuando declaró que no tenía idea de lo que ocurría en el sótano, que realmente había sido completamente aislado por el técnico, muy hábil para las labores manuales. “Hicimos todo tipo de pruebas de ruido en el sótano”, relató Franz Polzer, jefe de la Oficina Criminal de Baja Austria. “La mazmorra estaba tan aislada que no se filtraba ningún ruido al exterior”.

POR FIN, LA LIBERTAD

El crimen se conoció cuando una hija de 19 años enfermó de gravedad y Fritzl la llevó a una clínica. Un médico desconfió de la situación y avisó a la Policía. Poco antes de su detención, Fritzl dejó a la hija salir del sótano.

Gschöpf recuerda muy bien su primer encuentro con las víctimas. “Elisabeth daba la impresión de ser una mujer muy fuerte, muy dura, totalmente centrada en sus hijos”, relata el oficial. Hace diez años, él y algunos compañeros recibieron la tarea de protegerla a ella y a sus hijos de los curiosos en una clínica en la que estuvieron en las primeras semanas.

“No era ningún zombie, sino una mujer grande, delgada, amable, completamente normal”, asegura sobre una persona que había pasado 24 años bajo tierra en la superficie equivalente a una vivienda de dos habitaciones y con el techo a una altura de 1,70 metros. Por la mañana muy temprano salían a caminar por el parque del hospital con sus protegidos. Para los tres niños era su primer contacto con la naturaleza. “Fueron momentos muy conmovedores”, recuerda Gschöpf.

En el juicio, que fue seguido por 200 periodistas de todo el mundo, Fritzl fue acusado de homicidio por omisión de auxilio, violación, secuestro, coacción agravada, esclavitud e incesto. La condena no sorprendió: prisión perpetua. El abogado del acusado alegó que su deseo de tener una segunda familia fue uno de los principales motivos de su representado para actuar como lo hizo.

El Ministerio de Justicia no quiere hacer declaraciones sobre Fritzl y sus condiciones de detención. Simplemente “está en prisión”. Los medios afirman que el resto de presos de la cárcel de alta seguridad de Stein lo desprecian y que tiene que ser protegido constantemente de posibles ataques. Mientras tanto, calabozo donde tenía a sus cautivos fue rellenado con 300 toneladas de cemento especial. Gschöpf asegura que a Elisabeth, de 52 años y que vive en un lugar desconocido de Austria, y a sus hijos les va bien: “Pudieron reconstruir sus vidas”.

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