Para entender los dibujos del artista argentino Eduardo Navarro, hay que comerlos

Por Meredith MendelsohnAcordamos comer juntos en una vieja cafetería con paredes revestidas de machimbre en Brooklyn. Cuando llegué, el artista Eduardo Navarro ya estaba sentado en una mesa, mordisqueando unos bastones de mozzarella. Decidí guardar mi apetito para el plato principal, que yacía en un estuche de plástico rosa translúcido sobre la mesa: su dibujo. Navarro, un argentino de 38 años, acababa de llegar de su hogar en Basilea, Suiza, para prepararse para la exposición “Into Ourselves” en el museo The Drawing Center en Nueva York. Allí presentó 16 dibujos comestibles este mes, exhibidos sobre repisas, y me ofrecía una degustación preliminar antes de la inauguración de la muestra, donde alimentaría a la multitud con una de las imágenes disuelta en una gigantesca olla de caldo. En lo que a él respecta, esos dibujos no habrán desaparecido del mundo por completo. Más bien, habrán asumido una forma diferente, digeridos por quienes los comen y absorbidos para siempre en sus células y, posiblemente, en sus mentes. “Siempre he sentido curiosidad por cómo los bebés, cuando están aquí en el mundo nuevo, se meten cosas a la boca”, dijo. “Tal vez si realmente quieres entender un dibujo, tienes que comerlo simplemente”. El proyecto de Navarro no es sólo un gesto provocativo, también es un experimento sensorial. Nos pide que contemplemos el arte con lo que calificó como un “ojo interno”, o a través del estómago en lugar del cerebro. No toda la obra de Navarro involucra comida, pero gran parte de ella requiere que los participantes usen sus sentidos y cuerpos en maneras que se desvían del guión humano normal. Por ejemplo, en la Bienal de San Pablo de 2016 sujetó a una palmera un gigantesco dispositivo de latón parecido a una trompeta. Los visitantes podían colocar la oreja sobre el instrumento para escuchar el árbol: no era para escuchar el crujir de las hojas o a los insectos en su interior, sino al mismo organismo.El artista Eduardo Navarro cogiendo una taza de su obra de arte de una olla gigante de sopa. (,Amy Lombard for The New York Times.) Los peculiares dibujos lineales de Navarro hechos con marcador negro muestran a entidades estilo cómic con aspecto surrealista, como máquinas traídas a la vida u organismos que sólo podrían aparecer en un sueño. Son elaborados con tinta comestible sobre hojas de papel de arroz, del tipo que usan las panaderías para imprimir imágenes en las tortas. Es más resistente y más poroso que el papel de pulpa de celulosa, como una cartulina masticable y fibrosa. Los dibujos son ordenados debajo de lámparas de calor infrarrojo —del tipo usado para incubar huevos de gallina— y el ambiente no difiere mucho de un estómago, señaló el artista. Su fusión entre el arte y el acto de comer recurre a un concepto de la física cuántica —que la información y la energía nunca se destruyen— que ha sido de su interés durante mucho tiempo. Unos días después, en The Drawing Center, Navarro preparó un caldo de verduras condimentado en una olla gigantesca. Disolvió cuatro hojas de un dibujo en la olla, y a los visitantes se les ofreció una taza. “La sopa es simplemente un vehículo para transportar las imágenes al estómago”, me había dicho.Para entender sus dibujos, hay que comerlos.© The New York Times 2018

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