La historia tarda en despertar

Toda evasión a mundos lejanos le será difícil al lector argentino que abra El orden del día. Esta novela francesa comienza como quien espera el alba. En las primeras páginas, el día tarda en despuntar. El relato se demora, a la naturaleza le cuesta arrancarse del mal clima, al país también.Llegamos a las puertas de una reunión de crisis en la quinta del personaje más poderoso del país, los máximos empresarios han sido convocados, los hacen entrar, esperan que entren las autoridades. La mesa chica del Gobierno abre la reunión, los ministros pronuncian palabras tranquilizadoras sobre el cambio de rumbo nacional, aparece el líder del partido, más sereno que nadie, de una cordialidad perfecta en su sobriedad, dice las palabras más tranquilizadoras, se retira del salón, toma la palabra el Ministro de Hacienda, y les dice a los empresarios: “Ahora, ‘¡a cotizar!”. Y las empresas más importantes de Alemania, de Siemens a Opel, firman cheques millonarios por la campaña de Adolf Hitler y los entregan a Hjalmar Schacht, el futuro vencedor de la inflación, que los guarda sin mirar los guarismos: la cifra más alta la escribió en letras y números Krupp, una siderúrgica.En el texto de la novela, la revelación de quiénes son los que estaban ahí y para qué estaban reunidos, y en qué lugar en qué fecha, tardó tanto en llegar como aquella alba sucia a la pálida Alemania. Al lector de solapas y contratapas, le sobrarán las pistas. Y por poco que uno sepa de Historia, ninguna sorpresa sobre cómo termina esa narrativa, o cuáles serán sus próximas etapas mayores. En cambio, faltará toda preparación eficaz, aun al lector de reseñas, sobre el proceder línea a línea del homme de lettres Éric Vuillard; más todavía, sobre el buen éxito de un método, el suyo, al que sólo se puede calificar de literario, aunque para esta certeza sea difícil ofrecer evidencias.Del triunfo del (bien financiado) Partido nazi alemán en 1933, el foco se desplaza cinco años hacia delante hasta un hecho militar que será centro y eje de la novela: el Anschluss, o anexión territorial y política de Austria por el Tercer Reich alemán. La Segunda Guerra Mundial fue más larga de lo que se dice, aseguraba el historiador oxoniense A. J. P. Taylor: terminó en 1945, pero no empezó en 1939 sino un año antes, el 13 de marzo de 1938, cuando Austria dejó de existir. Es posible que Vuillard comparta esta opinión, o sostenga una similar. El autor se ha hecho famoso por su gusto por el revisionismo de la historia narrativa consagrada. Algunas de sus novelas anteriores tuvieron a la Revolución Francesa y la toma de la Bastilla, a la conquista española de América, a la Primera Guerra Mundial y sus armas y hombres como tema y problema.Este revisionismo de Vuillard, sin embargo, clava la punta del compás en un punto alejado al de muchas relecturas habituales, virulentamente políticas o sosegadamente académicas, de un pasado controversial, o que el (nuevo) historiador encuentra controvertido. Le es ajeno el buscar una mutación pendular del polo de positividad crítico, está fuera de sus propósitos (aunque no siempre de sus resultados) el morigerar cualquier culto a los héroes, el descubrir villanos novedosos, hallar procesos desatendidos o corrientes subterráneas que sin embargo él señale como motores primeros de acontecimientos que antes explicábamos o nos explicaban de otros modos. La única denuncia que podría encontrarse en Vuillard (si buscáramos una) es la de los desfallecimientos de nuestra imaginación moral y aun antes meramente sensorial: el cómo (¿para la literatura?) importa más que los porqués y para qués.En las novelas históricas decimonónicas de Walter Scott o Alexandre Dumas o Alessandro Manzoni, o en las de John Galsworthy o Jean-Paul Sartre o Elsa Morante un siglo después, los personajes eran colocados a una distancia media de aquellos acontecimientos del pasado nacional o internacional europeo que eran a la vez fondo y materia de esas ficciones programáticamente panorámicas.La Historia se veía evocada y encarnada en contemporáneos que la vitoreaban, o acompañaban, o detestaban, pero a la que nunca determinaban o torcían con sus acciones, aunque, como los novelistas, sí pudieran tergiversar con sus relatos. En el siglo XXI, Vuillard elige como únicos personajes a los protagonistas de la Historia: Hitler, su gabinete y estado mayor, los militares y empresarios alemanes, el presidente francés Lebrun, el primer ministro británico Chamberlain y su canciller lord Halifax, el canciller austríaco Shuschnigg, o el ministro de Seguridad vienés Seyss-Inquart (pero también el verdugo que ahorcó a este colaboracionista después del juicio de Nüremberg a los nazis).Si la ficción narrativa se definiera por la invención de hechos encadenados –por el contar un cuento–, poca o ninguna hay en El orden del día. Aunque la inventiva nunca falte, en el veloz, pero a un tiempo minucioso, desplazamiento de un testimonio a otro en una narración que sin embargo es lineal y sin transiciones, y avanza inflexible hacia el desastre. El narrador se detiene en las memorias de un funcionario, que todos podemos leer; después, el relato sigue el diario de un oficial, o una archivada filmación de un noticiero oficialista. O busca el cliché original de un retrato fotográfico de Shuschnigg, el ministro de Exteriores austríaco, derrotado, humillado, melómano, admirador de Beethoven pero fanático de Bruckner. Un negativo que fue revelado (y adecentado) para publicarse en la prensa en tiempos de Anschluss, recortándole un par de detalles ridículos. Ahí está la foto, nunca la habíamos visto, pero Vuillard fue al Archivo a buscarla, y ahora la vemos, imaginamos: El orden del día no escatima el registro de detalles ridículos.Para un libro que no hace su fuerte de la omisión, El orden del día asombra por su brevedad: un centenar y medio de páginas, en una caja pequeña. Ganó el Goncourt 2017, el premio literario más popular en Francia, que suele favorecer novelas largas y densamemente pobladas de personajes cálidos. La frialdad de este relato marca un desvío, o un nuevo comienzo.El orden del día, Éric Vuillard. Trad. J. Albiñana. Tusquets, 144 págs.

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