Erri De Luca: “Cuando aparece una voz hay que seguirla”

Erri de Luca parece no tener neurosis. Dice que escribe sin conflictos, cuando tiene ganas. No tiene libros pendientes, casi no corrige, y cuando lee no busca formas sino tramas. Su recorrido de vida, singular para la media literaria –fue operario fabril hasta casi los cincuenta años–, cimentó una sensibilidad pragmática, pero sus libros no están exentos de relámpagos de belleza lírica. Invitado por la Fundación Osde para su ciclo de conferencias literarias, De Luca estuvo en Buenos Aires y habló de este y otros temas.–Usted nació en Nápoles y la ciudad es el territorio de muchos de sus libros. ¿Cuáles son los grandes cambios de esa Nápoles de su infancia a la ciudad actual?–Nápoles es una ciudad con un nombre griego y el nombre mismo contiene una profecía. Nápoles está destinada a cambiar continuamente. Cuando yo nací detentaba la más alta tasa de mortalidad infantil de Europa, y los chicos que no se morían no iban a la escuela, los mandaban directamente a trabajar. Reinaba una gran condición de inferioridad. Al mismo tiempo, era el centro del comercio del mediterráneo, el sexto puerto más importante de Europa. Nápoles vivió durante décadas del contrabando y de la vida militar que llegaba a esos puertos. Fue el burdel más grande del mediterráneo. Cientos de soldados americanos venían a liberarse de la abstinencia alcohólica y sexual. Era una ciudad como Manila o Saigón: el sur del sur del mundo. Hoy, Nápoles es el pie de página de una ciudad del norte. Está completamente cambiada.–Durante años fue muy fuerte la guerra fría, de clases, entre el sur y el norte de Italia. ¿Esa rivalidad hoy sigue vigente?–Yo no hablaría de guerra, porque el norte disfrutaba la mano de obra del sur. Yo era operario en Turín y vivía en una casa donde en la puerta decía: “No se alquila a napolitanos”. Era un sentimiento racista, pero que no dejaba de aprovecharse de la situación de la mano de obra barata. La desigualdad hoy es menor.–Y como napolitano, ¿cuál es su relación con la figura de Maradona?–Es un sentimiento de gratitud porque ha hecho feliz a la gente de Nápoles. El pueblo napolitano es un pueblo que durante seis días de la semana es anárquico y en el séptimo es monárquico: se deben a un rey, un rey de la fiesta. Maradona instauró esa monarquía festiva de Nápoles.–¿Maradona es de lo primero que escuchó de la Argentina?–No. Mi primera noticia de Argentina me llegó a través de mi generación revolucionaria. En Lotta Continua, mi agrupación, estábamos en contacto con ERP y Montoneros. Y por supuesto, Borges. Es mi escritor preferido del siglo XX. La Argentina es la patria de muchísimos italianos, y en ese sentido lo siento como un lugar muy querido. Tengo historias ambientadas aquí. No es un lugar cualquiera.–¿Y con qué países europeos tiene especial afinidad?–Con el Mediterráneo. Soy un vecino del Mediterráneo: reconozco una pertenencia física a esa zona.–Aprendió varias lenguas de manera autodidacta. ¿Cómo fue ese proceso de aprendizaje?–En la escuela me enseñaron griego y latín. La base entonces era muy sólida. A las otras lenguas las fui absorbiendo mediante la compra de una gramática y de un diccionario. Estudiando todos los días, partiendo de la gramática y luego tratando de leer algún texto sencillo. Es como plantar un árbol: todos los días hay que poner un poco de agua y la planta crece. Si les dejamos de prestar atención, se secan. Funciona así.–¿Y cuando escribe también tiene que hacerlo todos los días, para que ese texto no se seque?–Cuando una historia me entra en la cabeza, para mí es un momento festivo, porque empiezo a vivir esa historia. No tengo muy claro cómo va a ser esa historia, va surgiendo a medida que la escribo, y ese es un momento de gran fiesta. Por eso cuando la termino siento que me falta algo. Entonces la reescribo, porque me da ganas de seguir habitándola.–¿No tiene momentos de angustia la escritura?–No. Nunca. No sudo. No transpiro. Escribir es pura fiesta.–Su primer libro tiene un tono muy definido. ¿Cómo llegó a ese tono? ¿Hubo intentos previos?–Fue fácil, porque es el tono de voz del yo que narra. El que habla no es un escritor, alguien de adentro de la historia la cuenta. Entonces una vez que aparece esa voz, con sus modulaciones y frecuencias, simplemente hay que seguirla. Además, el primer libro que publiqué no es el primero que escribí. Quizás el primero que escribí lo publiqué tercero o cuarto.–Usted trabaja siempre sobre variaciones de materiales afines: la infancia, Nápoles. ¿No puede suceder que esa fuente de la que abreva se agote?–Cada vez pienso que se agotó y después aparece otra historia, y otra historia.–¿Puede pasar mucho tiempo sin escribir?–Sí. Escribo cuando hay algo para escribir. Si no escribo, me voy a escalar.–¿En qué medida el alpinismo ha forjado su personalidad?–La montaña es el lugar en el que mi cuerpo se mueve mejor. Mi cuerpo, cuando estoy escalando, siente que encuentra el mejor equilibrio consigo mismo.–Durante muchos años trabajó de cosas que no tenían que ver con la literatura. ¿Qué se gana y qué se pierde una vez que se empieza a vivir de los libros?–Son todas ventajas. Yo antes consideraba la literatura como horas salvadas de la jornada laboral. Y ahora todas mis horas son horas salvadas. Incluso ahora que ya no trabajo como obrero, me quedó el rigor de los horarios. Escribo siempre poco, muy temprano en la mañana, muy concentrado. Fue una buena escuela, me transmitió una disciplina.–¿Cómo decidió dejar el trabajo?​–Cuando un libro me dio esa posibilidad, porque le fue muy bien, pensé en interrumpir el trabajo en la fábrica. Pero en ese momento mi idea era parar por un año, nada más. Un año sabático. Pero anduvo todo bien y no volví. El trabajo en la fábrica lo hacía por necesidad, no por placer. No conocí un solo compañero que lo hiciera por placer.–Cuando militaba en los setenta y al mismo tiempo trabajaba en la fábrica, ¿aprovechaba la cercanía con los obreros para hablar de temas sociales y políticos?–Por supuesto. Era una época en la que se hablaba en todos lados. En los setenta, los obreros hablaban de política. Así era todo. Por ejemplo, la fábrica necesitaba que los obreros hicieran horas extras. Y los compañeros de esta fábrica dijeron: “no vamos a trabajar ni una hora más, y la fábrica tiene que contratar más personal”. Había una gran conciencia política.–¿Y cuándo se rompió ese mundo? ¿En los ochenta?–En el otoño de 1980, la fábrica de Fiat, en Turín, donde yo trabajaba, era la fábrica más grande de Europa y decidió despedir a 24 mil obreros. Hicimos un bloqueo total, un piquete de 37 días. Finalmente tuvimos que salir y ese día, para mí, se terminaron los años setenta.

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