El general don Manuel de San Martín

Ojo con las pasiones que desatamos, que pueden ser peligrosas para nuestra vida en común. Ser bruto está a punto de convertirse en una pasión argentina. Bruto de bruto, no de nobleza, como el caballo. No, esta brutalidad es de ser bestia y estar orgulloso de eso. Salman Rushdie, que es un poeta que vive condenado a muerte por el régimen iraní, lo explica con palabras más sabias: “Vivimos en la cultura de la ignorancia agresiva”. Así se habla.Hace unos días y por el día de la Bandera, el intendente del Partido de la Costa dijo: “Conmemoramos el fallecimiento de uno de los héroes máximos que ha tenido nuestra patria, el general Manuel de San Martín”. El tipo quiso decir Manuel Belgrano. Pero le chispoteó el silfareador y dijo lo que dijo. Pudo ser peor; hablaba desde Lucila del Mar, así que bien pudo hablar del general Manuel del Mar o del general José de la Lucila. Puestos a empeorarlo todo, nadie nos gana.Se pudo corregir, pudo pedir disculpas y reírse de sí mismo, un error lo comete cualquiera, a cualquiera se le chispotea el silfareador. Pero no, el tipo siguió inmutable, resaltando las virtudes de Belgrano, a quien al menos no hizo cruzar los Andes. Lo malo no es el error, sino la insistencia en el error.Es probable que, donde quieran que estén, San Martín y Belgrano, un militar extraordinario y un abogado y periodista brillante metido a militar, se hayan desternillado: eran muy pocos solemnes y, si de algo habían aprendido, fue de sus errores. También es cierto que, con el mismo tono de su desgracia, Belgrano haya repetido aquella frase con la que se fue de este mundo: “Ay, patria mía.”

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