Últimas palabras sobre los estudios culturales

El realismo es para Raymond Williams una pieza donde resuenan las imágenes vacilantes de la modernidad. Una plataforma dispuesta a ser profanada por las vanguardias.En La política del modernismo (Ediciones Godot), Williams hace de la figura aislada del inmigrante una matriz para leer los procedimientos más arriesgados del arte por fuera de su especificidad.El artista envuelto en la muchedumbre habla contagiado por ese idioma aprendido con recelo, por el montaje que el viajero realiza para entender un territorio desconocido. El teatro y el cine se apropian de esa actitud extrañada y la convierten en el gestus político del distanciamiento, en la exageración amenazante del expresionismo.Pero el autor galés se apresura a contar el final. Hoy la vanguardia es normalidad asimilada. Ve la línea que lleva al artista, de la protesta a una necesidad de supervivencia que lo obliga a aprender la trama comercial del espectáculo. El capitalismo surge como la megavanguardia que captura cualquier retórica y es aquí donde la idea de futuro aparece derrotada.La modernidad es pasado en relación con la constante sensación de presente de la contemporaneidad pero Williams descree de la posmodernidad. En su materialización como crítica a la modernidad no hace más que repetir el esquema que entiende lo moderno como una discusión insistente sobre su propia entidad. La única diferencia puede estar en el lugar inalcanzable que hoy define al futuro. Ir contra la modernidad se convierte en una posición reaccionaria.En el desafío de volver al siglo XIX para presentar al naturalismo como la innovación más contundente, Williams ultraja el espíritu de las vanguardias que se dedicaron a desarmarlo. Henrik Ibsen y August Strindberg ensayan formas que después serán llamadas expresionistas. Anton Chéjov, en esa atracción por los diálogos intrascendentes, en su eficacia para demorar la acción, inspira dramaturgias donde los personajes tienen que asumir el vacío sin destruir por completo la anécdota pero dejándola en un límite agónico.Ya existía un rechazo al carácter representativo del lenguaje en Charles Baudelaire, como un adelanto de esa poesía que iba a entrar en la novela con James Joyce y Marcel Proust. Williams diferencia la mímesis del realismo al entender que la investigación sobre los métodos se sostenía en la urgencia por contar una estructura de sentimientos que no podía hallarse en las formas anteriores. La ruptura se establece en el abandono de la idea de comunicación. Las vanguardias son territorios blindados a la ansiedad de comprensión. Williams expone, como el profesor de arte dramático que supo ser en la Universidad de Cambridge, la escena de los estudios culturales de la que fue autor y protagonista.En esta serie de conferencias que ofreció en la Universidad de Bristol en marzo de 1987, un año antes de su muerte, el campo de trabajo se desplaza todo el tiempo. La estructura del libro permite transitar los estudios culturales de un modo más concreto, como ese movimiento permanente entre disciplinas que no alcanzan a completar su área de estudio y que deben integrarse de un modo tenso para componer esa relación entre la obra intelectual y artística y los procesos que la hicieron posible. Una práctica situada donde la producción escrita confronta con actores y situaciones que pueden no sentirse contados por ella.El cine de propaganda, en los primeros años de la Revolución Rusa, mostraba un nivel de experimentación apabullante donde la dialéctica misma se instrumentalizaba en un montaje que parecía buscar un arte puramente comunista. Bertolt Brecht, en su exilio durante el nazismo, podría ubicarse en el mismo rango y aquí se anuda la preocupación por construir un público como una parte definitoria de la obra de arte. La realidad sobre la que trabajaban debía ser permanentemente alterada, convertida en artificio, intervenida para que los espectadores pudieran ver ese funcionamiento vedado, para que ese punto de vista se descubriera sometido a un proceso de yuxtaposición de imágenes y escenas que derribaban las ideas previas de los espectadores. Era a la persona sentada en la sala a la que debían atrapar en sus contradicciones e incertezas. Si en Erwin Piscator las determinaciones sociales ocupaban el lugar del destino, los tiranos eran reemplazados en Brecht y Serguéi Eisenstein por el deseo de extirpar el fascismo de los ciudadanos, de convertirlos en sujetos críticos al terminar la representación.En estos proyectos inconclusos de las vanguardias respira la política del modernismo que menciona Williams en estas conferencias reconstruidas, en esa voz que convoca a los apuntes de un libro que quedó inconcluso.El teatro de Samuel Beckett es la culminación del desencanto. La transgresión delata en la segunda mitad del siglo XX, la imposibilidad de transformar el mundo desde la acción. Una vanguardia que disuelve al sujeto es para Williams la textura de la evolución de la tragedia burguesa pero también podría pensarse como la negación misma de la tragedia, su reverso y la anulación de toda épica.El capitalismo convierte a esa desesperanza en el signo satírico que permite la adaptación. Entonces Williams, que habla como si quisiera enunciar un manifiesto, propone pasar de la forma trágica a la utópica como el acto más irreverente de la actualidad. En la performance callejera adivina la persistencia de una fiesta que resguarda lo popular como afán de vida.

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