Cómo es la “banlieu”, el barrio de origen del príncipe Mbappé

El triunfo de la selección francesa en el Mundial de Rusia 2018, además de despertar fervor y alegría, despertó el debate acerca de si sus jugadores eran africanos o franceses.Puso el foco sobre una juventud de origen migrante difícil, pero también brillante, que nació o se crió en la “banlieu”, es decir en los suburbios de París y otras ciudades.Hablar de la “banlieu” es también hablar de revueltas sociales y hablar de arquitectura, porque la arquitectura emblemática de esas periferias fueron los conjuntos modernos racionalistas de alta densidad planificados en los años 50 y 60. Complejos con altas pretensiones arquitectónicas y urbanísticas en sus inicios, pero que declinaron rápidamente con el uso poniendo al descubierto la fragilidad teórica que los sustentaba.

En la periferia de París, la “banliue” se convirtió rapidamente en un gueto.

En 2005 las revueltas juveniles en la “banlieu” parisina llegaron a su culminación con la quema en una noche de 5 mil vehículos en las enormes y descontroladas playas de estacionamiento de los grandes conjuntos. Las periferias de las ciudades francesas fueron desde fines del siglo XX escenario de protestas y vandalismo juvenil, que entre otras cosas criticaban la dificultad para adaptarse por parte de la comunidad norafricana a las propuestas arquitectónicas de los bloques. El tema llevó a la sociedad y a los profesionales a debates, notas, estudios y hasta provocó el entusiasmo de los cineastas, con más de veinte películas sobre el tema, en general pesimistas, de las cuales la más conocida es la “La haine” (El odio) del cineasta francopolaco Mathieu Kossovits.La idea de promover la mano de obra industrial a largo plazo, en tiempos en que las socialdemocracias europeas eran muy optimistas -de los sesenta hasta los ochenta- dio carta blanca al ingreso de inmigración norafricana. Al declinar en los 90 el destino industrial de Europa y dado que la clase media francesa abandonó definitivamente estos conjuntos que en su mayoría se gestionaban por el Estado como alquileres sociales baratos, las familias migrantes desempleadas ocuparon las “cité”. Estos conjuntos enormes, con gigantescos estacionamientos abiertos y plantas bajas libres, terminaron siendo en el tercer milenio los campos de batalla de jóvenes rebeldes cuando el desempleo, el extrañamiento cultural y el aislamiento social se sumaron a los males de depresión social que ya los sociólogos de la década del sesenta adjudicaron a estos conjuntos. Se decía entonces que en el enorme conjunto habitacional de Sarcelles el índice de suicidios superaba al de los países nórdicos.

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Las protestas de 2005 sucedieron en un escenario que fue descrito por Ignacio Ramonet en 2006 en Le Monde Diplomatique como: (…) “barriadas muy degradadas, edificadas en la década de 1960, y en las que unos cinco millones de habitantes -de los 61 millones que tiene Francia- sobreviven en edificios de más de 9 plantas, calificados de ejemplo letal de barraquismo vertical. Las clases medias han ido abandonando estos suburbios y ahí, como en nuevos guetos, se han concentrado las minorías étnicas visibles, o sea, la población magrebí y subsahariana”.El sociólogo francés de origen húngaro Christian Topalov describió este fenómeno que incluye una mirada a la arquitectura desde otra disciplina en una de sus conferencias, en 2013.”Nadie utiliza ya, en Francia, el término ‘grands ensembles’ (grandes conjuntos). No parece, por otra parte, que esta denominación haya sido alguna vez utilizada por los habitantes o por el público en general. Era una palabra de especialistas del ordenamiento urbano, que también utilizaban los comentaristas ilustrados o semi ilustrados. Durante los años 60, los sociólogos y los periodistas llenaban páginas con largas disertaciones sobre “el mal de los grandes conjuntos”: la monotonía del paisaje urbano, las carencias del transporte público, el anonimato de las relaciones sociales, el aislamiento de las amas de casa, etcétera. Pero los habitantes designaban de otra forma sus barrios nuevos: utilizaban simplemente topónimos: “Cité de los cuatro mil”, “La Gran Borne”, “Cité Gagarine”. Si era necesario utilizar una palabra genérica, decían, y siguen diciendo, que habitan una “cité”. Es esta palabra, “cité”, al mismo tiempo que la palabra “banlieue” y “quartiers” (en plural, o sea, barrios) la que, desde finales de los años ochenta, hizo desaparecer a la denominación genérica de le “grands ensembles”.

EFE.

Para tener una idea de la escala del problema y de la radicalidad de las soluciones de las que estamos hablando, podemos tomar datos de una propuesta que tenían en estudio los técnicos del Gobierno francés después de las grandes revueltas de 2005. Proponían demoler 150.000 viviendas. Una especie de guerra mundial contra los errores de diseño.La moda de las implosiones en conjuntos habitacionales desafortunados se había iniciado en los Estados Unidos en 1971 con la demolición de las 10 mil viviendas del conjunto Pruitt Igoe en Saint Louis, Missouri. También en Francia se había demolido un pequeño conjunto en los 80 y en toda Europa en cierta escala menor. Pero los terrenos de la demolición del Pruitt Igoe se transformaron en inutilizables, la extracción de los cimientos de H°A y la remediación del terreno era más caro que cualquier obra a construir en el mismo. El impacto ambiental de las implosiones es muy alto.

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El arquitecto holandés Rem Koolhaas razonablemente propuso en 2007 destinar el dinero de las implosiones y algo más a remodelarlos. Para remodelar hay que tener un diagnóstico muy fino de lo que no funciona y corregirlo. Es una pena que no se haya avanzado a fondo con esa idea ya que con la crisis de 2008 en Europa los grandes proyectos se quedaron sin financiación y les “grands ensambles” no han tenido grandes cambios.El príncipe de la “banlieu”, Killyan Mbappé, es, en un mundo “pop”, la contracara de la marginación de los migrantes y augura muchas más cámaras, mucha más tinta y mucha más atención para la “banlieu”.Tal vez los grandes conjuntos habitacionales vuelvan al debate. En nuestro país, el abandono de la construcción de monoblocks como vivienda social en los años 80 y 90 del siglo XX, fundamentada en la rápida tugurización de los conjuntos existentes, empujó a las administraciones de vivienda locales hacia el diseño de unidades de baja densidad, tan apropiadas en pequeña escala, pero que con un uso extensivo del territorio degradan las periferias naturales y devoran el territorio en magnitudes irracionales extendiendo los servicios sin sentido. Resolver las cuestiones de diseño en los conjuntos de densidad media y alta es una asignatura pendiente de la cual no hay que apartarse si queremos retomar las riendas de la planificación urbana. Y, sobre todo, si no queremos volver a las mismas propuestas con los mismos problemas cuando la reserva de tierras periurbana se agote.

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