Beatriz Sarlo y el escándalo: amar, odiar y vengarse

Escándalos. Ese es el tema que abordó Beatriz Sarlo en su flamante libro La intimidad pública (Editorial Planeta). La intimidad es un objeto de estudio, análisis y disfrute de estos tiempos. Claro, en especial el placer de abordar la cotidianeidad puertas adentro de los otros. Y esos otros son famosos dueños de una vida secreta y reservada a la que sólo se puede acceder a través de los medios, las redes sociales y los divulgadores del chisme y de los vericuetos de lo ajeno. Ellos transitan la trascendencia mediática matizada con peleas, violencia, drogas, infidelidades y oscuridades varias rumbo al escándalo. Se goza con la situación bochornosa, el desplume de las víctimas –casi siempre cómplices– y la catarata infinita de tweets, likes, corazoncitos e insultos de toda naturaleza que sobran en Internet. Ese ida y vuelta del escarnio, de sus protagonistas y de sus lectores llegó al radar de la gran ensayista argentina que, sin abandonar la política, teje y desteje las tramas del gran escándalo argentino relativo al espectáculo, el deporte, la moda y demás componentes urbanos. Una de las retratadas –por momentos críticamente– del libro es Mirtha Legrand. El productor de los almuerzos y nieto de Mirtha, Nacho Viale, dijo sobre Sarlo: “No leí el libro, solo vi un título a la pasada, pero me sorprende. Sarlo levanta un dedo como creyendo que es la jueza del país. Me tiene sin cuidado lo que diga”, señaló. Sarlo no le respondió.

–¿Por qué se ama el escándalo? ¿Qué relevancia tienen sus consecuencias: los clics y el tiempo de lectura en la Web, cosas que hoy “importan”?–El escándalo confirma la idea de que no hay una plataforma hegemónica, sino que todo pasa de una a otra. Podés seguirlo en las revistas, las redes sociales y es más o menos lo mismo lo que te vas a encontrar. Las redes, las revistas y la TV trabajan sobre la misma materia. Miré hacia atrás, a los supuestos escándalos, que no lo eran, del mundo del espectáculo hace sesenta años. Vi las revistas Antena, Radiolandia, etcétera, y el nivel de publicidad del escándalo era casi mínimo. Se decía “es cierto que Ana María Lynch lo hace sufrir a Hugo del Carril”, y ahí se terminaba el chimento. Zully Moreno, que era la gran estrella de los años 40 y 50, más bien vestía y posaba como una señora de sociedad. Es decir, no había un traje de trabajo, de famosa. Hoy sí lo hay. Ni siquiera tenían esas poses de famosas que hoy uno encuentra desde las redes sociales y que las chicas imitan. La modelo Claudia Sánchez no posaba manifestando los rasgos más sexualizados de su cuerpo. Para empezar porque no eran cuerpos muy sexualizados y no los ponían de manifiesto, hay una forma de quebrar la cintura hoy, que es una invención absolutamente contemporánea. Y eso lo ves desde las fotos que se sacan las adolescentes en las redes, hasta las de las famosas: quiebran la cintura hacia adentro para que los glúteos sobresalgan hacia afuera. Hay un cambio muy fuerte en el esquema corporal y en aquello que es considerado belleza que ha aumentado por las cirugías que tienden a ser globulares. Los cuerpos de Florencia Peña embarazada y el de Serena Williams embarazada son idénticos. La panza del embarazo de una cae al igual que la otra. Estos cambio son la estética y la escenografía del escándalo.–¿Qué nos dice el romance –escandaloso– de Carlos Monzón y Susana Giménez? Tiene algo de primer escándalo y de trascendencia global, ¿no?–Es inaugural, de un nuevo estilo. El romance comenzó en la película de Daniel Tinayre, La Mary .Terminó trágicamente cuando Monzón tiró a Alicia Muniz por el balcón. Yo cito un reportaje que a Susana le hacen en Siete Días y el tratamiento es recatado. Sorprende, en general, la calidad de la fotografía sin retoque, hay algunas verdaderamente extraordinarias. Había una diferencia de calidad, entre ese reportaje de Susana Giménez, en medio del escándalo y lo que después vino. A Susana hoy se le ve una cara que muestra el buen trabajo del tiempo que afianza una personalidad en una cara.

Una historia de amor. Susana Giménez y Carlos Monzón durante el rodaje de La Mary.

–¿Quién define el escándalo: los protagonistas, los medios y las redes, o los públicos?–En principio, los protagonistas usan la palabra. Dicen: “Espérense, porque esto va a ser un escándalo”. Es como si un dramaturgo dijera: “Espérense, porque lo que voy a escribir es una tragedia”. Es un género sencillo, se trata simplemente de amar, ser engañado, odiar, y vengarse. Uno diría que con tres o cuatro verbos se resuelve un escándalo. El público evidentemente los consume, son como una especie de interrupción divertida y brutal de la vida cotidiana. Habría que preguntar cuál es la seriedad que el público adjudica a todas esas series de historietas banales. Excepto cuando sale alguien con gran personalidad como Natacha Jaitt, son absolutamente idénticos. Pura diversión en un rubro que siempre atrae al público, que es el sentimental. Lo atrajo desde la novela sentimental del siglo XIX.–Hablás de Mirtha y de Maradona. Podríamos decir que Mirta hace o juega de testigo de los escándalos y Maradona parece el protagonista de ellos. ¿Eso los diferencia?–Maradona es la figura posible más perfectamente escandalosa que tengamos en los medios argentinos. Y es protagonista no por sus escándalos banales sino por la inteligencia de sus respuestas. En general, los protagonistas de los escándalos que yo analizo dan respuestas muy tontas y no demuestran tener ninguna inteligencia particular. Mientras que en las situaciones más banales las respuestas de Maradona siempre son muy ingeniosas e inteligentes, él vive el escándalo como un gran actor, puede representar un paso de drama. Esa viveza de Maradona posiblemente sea un rasgo que le llega desde su infancia de pobreza que después debió usar en un mundo que lo superaba. Es el escandaloso inteligente. Mirtha ha evitado cuidadosamente los escándalos. Pertenece a un sector social donde la publicidad de lo escandaloso le resultaba cuestionable, que no publicitaba, sino más bien ocultaba lo escandaloso. Que una familia, un padre, tuviera una amante, eso en lugar de proclamarse, se ocultaba. No digo que sea el caso de Mirtha, digo eso como característica de un sector social donde la palabra respetabilidad era una palabra que funcionaba como identificación y como cualidad buscada. Ella se constituye primero como actriz ingenua a la que no le permiten el escándalo. Mirtha tiene ese principio de respetabilidad que lo conserva hasta en su estilo de vestirse: sobrecargado y respetable, como el de una madrina de casamiento que puede pagarse esa ropa. Interviene Daniel Tinayre, que era un director de cine muy inteligente y un gran empresario. Mirtha no demuestra jamás la inseguridad de quien busca ser fotografiado. Sabe que llama a la foto como un imán, el objetivo es su imán y su imán es un objetivo. Todos esos rasgos hacen que ella quede fuera del escándalo.–Cuando alguien levanta la voz en su mesa, ella se incomoda. Natacha Jaitt, que le llevó un escándalo al almuerzo y Mirtha se molestó mucho…–Hay un ideal de buenos modales por los que mis tías se hicieron adictas a Mirtha Legrand desde los primeros almuerzos. Cuando yo llegaba y preguntaba: “¿Qué están viendo?”, me decían: “Ay, sabemos que a vos no te va a gustar, pero es una señora muy culta y vos vieras qué fina…”. Mis tías eran maestras, de capas medias. Ella es el ideal de buenos modales, delicadeza y finura de las capas medias.

Carlos Menem en el programa de Mirtha Legrand.

–Y entonces llegan los mediáticos.–No tienen ninguna destreza. Muchos de ellos han recorrido el camino desde Gran Hermano, otros han bailado en Tinelli o ese tipo de cosas. Compiten en un mundo en donde las destrezas son bajas y después puede ser necesaria la apariencia física y un buen productor. El polaquito (el cantante de cumbia El Polaco) es el que más me fascinó. Su destreza en el mundo del espectáculo no aparece ligada a su nombre necesariamente. A su nombre aparece ligado el ser famoso. Entonces, uno podría decir “el polaquito, coma, famoso” durante unos meses, después todo el mundo se olvidará del polaquito.

Maradona y Rocío, en el cumpleaños, junto al cantante El Polaco.

–Pareciera que estamos cerca del conconcepto de posverdad, pero no lo mencionás en el libro. ¿No?–No es un concepto que me fascine, no me resulta necesario. Cité a Georg Simmel, a Tomás Maldonado, pero la posverdad no. Yo no pienso en esos términos.–Lo decía por la reproducción de información, chismes y rumores, tamizados y multiplicados por las redes. ¿Quién se pregunta por el origen de tal o cual situación escandalosa?–Es que nadie se pregunta por la veracidad de una afirmación. Creo que eso sí tiene que ver con un tipo de periodismo. Yo transcribo en el libro una pequeña anécdota en el subterráneo. Una persona me dice: “Yo a usted la leo” Y yo le digo: “¿Ah, sí? ¿donde?”. Y me muestra el teléfono. No podía darme una fuente. La veracidad de lo que él leía no entraba en cuestión. Si a eso le queremos llamar posverdad, no tengo inconveniente, pero no lo pienso de ese modo, sino que pienso en la caída de ciertos criterios de exactitud que tenemos nosotros y que todavía hoy conservamos en el periodismo, en las citas, en la literatura.–¿Cómo repercute el escándalo en los políticos. ¿Les sirve? ¿Les da rating, minutos de lectura en la Web?–De ningún modo. Incluso Trump, que no tiene ningún problema en que se exhiba prácticamente todo sobre su vida, cuando surge un escándalo lo niega y se siente muy incómodo. Yo no diría que el escándalo político tenga una valencia positiva. El presidente que más cerca estuvo de ser indiferente al escándalo fue Menem. Un presidente que permitió que se filmara a Zulema Yoma, con las valijas hechas, en la puerta de Olivos, esperando un taxi. Tenía mucha indiferencia respecto del ridículo que él sostuvo con una soltura extraordinaria. La desgracia, la tragedia, la familia, todo eso sí es capital político. De ahí que el presidente Macri se saque una foto con su hija sin pixelar, cuando se sabe que eso no se puede hacer. Eso es capital político, pero el escándalo, no.–¿Hay escándalos en el mundo intelectual?–Fogwill fue el último que hizo algunos disparos de escándalo y de polémica, pero en general es un mundo muy pacífico, y no diría solamente el argentino, yo diría que es un mundo pacificado y de alguna manera tengo una explicación. El 60 o 70% de los escritores pertenecen a plataformas editoriales transnacionales importantes. Los otros pertenecen a las pequeñas editoriales y también quieren cuidar esas pequeñas casas, no destruirlas. Solamente algunos conservaron, como creo que conservó Fogwill, el viejo estilo, el viejo estilo de escandaloso, pero si no, no lo hay…–¿Y David Viñas?–Ya estamos hablando del notable siglo pasado y además el escándalo es un producto de las tendencias vanguardistas. Fogwill era un vanguardista, no importa cuál fuera cada una de sus novelas o de sus cuentos, Fogwill tenía las modalidades de un vanguardista. Viñas tenía las modalidades de un autor comprometido, que, claro, tenía que vociferar más que Sartre porque estaba en la Argentina. Todas esas formas fueron desapareciendo. ¿Cuándo le leíste a Piglia una opinión política? Yo se las leí en el exterior, pero no acá. En cambio, Viñas pensaba que el deber de un escritor era ese. Piglia lo que decía es que estaba con la revolución, el marxismo y todo, pero opinión política del presente nunca. Viñas creía, como Sartre, que un escritor tenía que explorar y declarar largamente sus opiniones políticas, pertenecía a una configuración anterior. El último de ellos es Juan José Sebreli.

David Viñas en el café Losada. Foto: David Fernández.

La primera vez por el aborto–El debate sobre el aborto nos deja algo muy importante: una extraordinaria movilización de gente que sale por primera vez a la calle. No sé cuál va a ser el destino de esta movilización porque no hay partido político con la capacidad de organizar esas fuerzas, para otras reivindicaciones. A las chicas esta experiencia no se les va a borrar en sus vidas. Es como el primer volante que una repartió, la primera manifestación a la que una fue, la primera vez que corrió perseguida por la policía. Eso no se borra de tu vida. Para estas chicas esto tuvo un carácter inaugural. Y es muy probable que aunque no haya fuerzas que las puedan organizar, esta reivindicación vaya a quedar en ellas como aquello que hicieron alguna vez y tienen que volver a repetir. Una señora de sesenta años me paró en la marcha del 8 de marzo, y me dice: “es la primera vez que le digo a mi jefe en el estudio: ‘yo hoy me voy, porque me voy a la plaza’”. También para esa señora, que seguramente tenía una hija o una nieta en esa manifestación, ir a esa manifestación tenía un carácter inaugural.

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