Los perros de la suerte

En algunos enclaves del altiplano hay quienes creen que los perros dan suerte, pero que para que eso ocurra antes hay que matarlos. En especial los portadores de fortuna post mortem son los perros negros. Las bendiciones que portan para el resto son la propia maldición. Los creyentes los matan, los despellejan y exponen sus pieles negras como amuletos.En baldíos tangenciales como olfateando a la parca que los persigue pueden verse jaurías excitadas corriendo sin rumbo. La dura vida de las calles enredadas de los altos les ha permitido aprender a los perros que es mejor no acercarse a los mercados a robar la carne expuesta en las carnicerías. Si los descubren pueden ser acuchillados y ni siquiera por razones vinculadas a la superstición.Los perros de allí están divididos. Los parias no tienen destino. Miran con recelo a los integrados y viceversa.Así también ocurre, en general, con los seres humanos en todas partes.El niño de la fronteraEl chico aguarda en una de las fronteras ribereñas del norte y oferta a los transeúntes demorados en larga fila : “Por 100 pesos le cruzó el bolso”. Sugiere pasarlo de contrabando más allá del control de aduana. Una mujer de unos 50 años le dice que no, que gracias. La mujer lleva su sobrinita de la mano, de siete años.El Niño de la frontera, de edad análoga a la sobrina, redobla la apuesta: “Señora, por 200 pesos le cruzó a la nena también”. La oferta iba en serio. Bolsos o personas pueden ir o venir por la frontera al margen de la frontera misma, al margen de todo, por ese margen que es otro mundo.

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