Sueños de mar, mareos de tierra

Sigo el consejo de un viejo lobo de mar y me siento en una silla de la popa, a la hora del ocaso y a la espera de que el crucero se ponga en movimiento. “No es el barco el que se va, sino el puerto. Y con él, se van también todos mis problemas”, me dice el hombre de visera azul y de barba blanca. Cuando suena la sirena, le hago caso: fijo la mirada en Barcelona y compruebo cómo su puerto se aleja, se despide, se lleva mis preocupaciones cotidianas y aparentemente urgentes.Tengo siete noches por delante en el Mediterráneo. Todos mis bienes materiales, mi intimidad y mi descanso se concentran en el camarote 6127, en el sexto piso de una nave que se llama Zenith y es de Pullmantur.

Camarote 6127 del barco Zenith, de Pullmantur (DP/Viajes)

Los pasajeros exploran cada cubierta a los gritos y descubren cafés en rincones inhabitados. La euforia flotante me impulsa a romper el arraigado hábito de no desarmar la valija: esta vez, cuelgo vestidos y camperas en el placard, guardo remeras en los cajones y ordeno cremas en el baño y la mesa de luz. Abro la notebook en mi nuevo escritorio. Sin wi-fi en el camarote, los sueños me atrapan en mi versión analógica.Como es un crucero turístico, los anuncios aluden con más frecuencia al pozo del bingo, al espectáculo nocturno del teatro o a los descuentos de las tiendas que a las millas náuticas recorridas o a las decisiones que se toman en el puente de mando.

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En el “Diario de a bordo” se informan los horarios de llegada y partida a los puertos y las actividades (DP/Viajes).

Para seguir de cerca los horarios de salida y puesta del sol, la velocidad a la que se navega y el pronóstico, la tripulación deja sobre cada cama un “Diario de a bordo”. Allí se informan también las llegadas a los puertos y las partidas, las opciones para comer y la agenda de actividades. Cuesta creerlo: algunos no bajan del barco.Cada pasajero elige cómo vivirá el viaje. Están las parejas que no contratan excursiones y saborean a su ritmo una cerveza o un helado en la playa o pueblo al que llegan. Y hay grupos familiares o de amigos que se aferran a tours apretados que venden las compañías, ante las ganas de conocer mucho en poco tiempo y la certeza de que el barco los esperará en caso de algún percance.

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La cena es la gran vidriera: noche de gala, de blanco (las dos más convocantes), rojo y negro, tropical. Se puede jugar a concurrir a una fiesta temática o se pueden ignorar las sugerencias de vestimenta. Otra opción es comer en el restaurante buffet e irse a dormir más temprano.Me gusta esquivar el bullicio, según el ánimo. Caminar por cubiertas ventosas entre los fumadores, ir a la biblioteca, contemplar las olas desde una baranda cualquiera. Que la luna llene la ventana de mi camarote y el cuerpo descanse sobre una mecedora de agua. Divisar las siluetas de los pueblos. Y marearme un par de noches (¡cómo se mueve la cama!), ya de vuelta, en tierra firme.

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