Conductores y alcohol, de la risa al espanto

“Me hubiera dejado manejar a mí, encima es colectivero este pelotudo…”, dice furiosa la mujer, cargada de regalos y bandejas de fría comida navideña. Es la madrugada del 25 de diciembre, y el hombre al que califica con aspereza marital acaba de dar positivo el control de alcoholemia. Están en Palermo, amanece, y finalmente ella y un niño al que lleva de la mano se suben a un taxi. El atribulado conductor queda de a pie.La escena parece de una comedia costumbrista. Pero no lo es. Se trata de uno de los casos registrados durante un operativo de control porteño. Una secuencia que mirada con ligereza invita a reírse, pero que observada con detenimiento expone algunas de nuestras frecuentes y problemáticas reacciones frente a los controles, los límites y las reglamentaciones. 
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Digamos, antes de seguir, que en esa madrugada se realizaron más de 1.200 pruebas y el 5,5% de los resultados fue positivo. El porcentaje superó el 1,4% del año pasado. De los 1.242 conductores testeados, 69 estuvieron por arriba del límite de alcohol permitido. Las cifras son precisas pero a la vez insuficientes. Ocultan lo que sí iluminan los videos, aún con su parcialidad. ¿Cómo reaccionan los conductores ? ¿Con preocupación? ¿Acaso con arrepentimiento? ¿Con un súbito ataque de responsabilidad y conciencia? Bien, no es precisamente lo que se advierte en las imágenes.Los ejemplos son elocuentes. Un automovilista argumenta haber comido una porción de “torta mojada en alcohol” y se ofrece a hacer “el cuatro”. El patetismo lo completa una voz femenina que desde el auto lo apoya mientras al hombre le cuesta hacer equilibrio y aduce “la calle está en desnivel, por eso me caigo”. Otro conductor frena cien metros más allá del control, se acerca caminando y ofrece una confusa disculpa, para luego escapar con una maniobra en la que casi atropella a un agente. Hay un tercero que exige “conseguime algo para irme porque me estoy meando”, y uno más que se duerme en el coche, en la ilusión vana de que así evitará la multa.Los casos son particulares pero una característica une a sus protagonistas: la resistencia a aceptar el control, la idea de que el problema es la ley y no ellos (“la ley debe tener flexibilidad”, se molesta uno) y de que son merecedores de una excepción (“vivo acá a dos cuadras”… “hoy es un día especial y nos paran a nosotros que vivimos pasando esa mierda de ahí”, esgrime otro) y hasta la agresión cuando ya no hay alternativas (“Cómo se ve que no tienen vida propia ustedes (los agentes)”) .   En 2017 (últimas estadísticas relevadas) 1.520 personas murieron en accidentes de tránsito en la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Nada menos que 652 tenían entre 15 y 34 años, la franja con mayor número de víctimas. En todo el país los muertos fueron 5.611. Una fue la maestra Silvia Cabrera. Su auto fue embestido en Vicente López por un conductor al que el control de alcoholemia le dio tres veces más de lo permitido. Otros fueron Néstor Mormandi de 54 años y Norberto Brienza, de 55. Viajaban en un taxi al que impactó el auto manejado por el futbolista Nahuel Zárate, que se negó al test que luego le dio positivo. La enumeración podría seguir hasta el centenar. Y más. Muertes prematuras, familias destruidas. ¿Divertido el video, no? No.  

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