Lo que nos costó el “reconocimiento” inglés

El 9 de julio de 1816, las Provincias Unidas se habían declarado independientes, pero pocos se dieron por enterados. Pasaron cinco años hasta que el rey Juan VI de Portugal se dignara a hacerlo, en abril de 1821, y seis para que el gobierno de los Estados Unidos firmara el documento correspondiente, en marzo de 1822.Se hacía imprescindible el reconocimiento de nuestra independencia por parte de la corte de Londres que, se sabía, iba a arrastrar a las demás potencias europeas, dejando en soledad a España y a los Estados Pontificios, que habían condenado a través de una breve del Papa Pío VII de 1816 la insurgencia latinoamericana.
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El Estado de Buenos Aires sabía que el idioma que mejor se entendía en el Parlamento británico era el de la City y venía tramitando con la Casa Baring de Londres el famoso empréstito que inauguraría nuestra deuda externa y sería el pasaporte más seguro hacia el reconocimiento.El 31 de marzo de 1824, poco después de concedido el crédito por la Baring por un valor nominal de un millón de libras, de las cuales llegaron poco más de la mitad, vino el nuevo Cónsul de Su majestad, Mr. Woodbine Parish.El Parlamento inglés aprobó las gestiones para la firma de un tratado de Amistad, comercio y navegación el 15 de diciembre de 1824, que fue impuesto como requisito para el reconocimiento de nuestra independencia. Fue firmado en Buenos Aires el 2 de febrero de 1825 y fue la puesta por escrito de la voluntad británica y de nuestra clase dirigente de entonces de asignarle al país un rol que Gran Bretaña imponía al mundo: el de productor de materias primas y comprador de manufacturas.

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El tratado mereció los siguientes comentarios al cónsul norteamericano: “La ostensible reciprocidad es una burla cruel a la falta de recursos de estas provincias. Gran Bretaña empieza por estipular que sus dos y medio millones de tonelaje gozarán de todos los privilegios en materia de importación, exportación o cualquiera otra actividad comercial de que disfruten los barcos de construcción nacional y a renglón seguido acuerda que los barcos de estas provincias (que no tiene ninguno) serán admitidos en iguales condiciones en los puertos británicos”. (1) “Buenos Aires es el sitio más despreciable que jamás vi, me colgaría de un árbol si esta tierra miserable tuviera árboles apropiados”, escribía, a su llegada, John Ponsonby, barón de Imokilly, enviado y ministro plenipotenciario de Gran Bretaña ante las Provincias Unidas tras la firma del Tratado.Woodbine Parish, afectado por la designación de Ponsonby, había escrito que “un high aristocrat está poco calificado para tratar a los bajísimos demócratas con quienes debemos alternar aquí”.La designación de Ponsonby venía por el lado menos pensado. El caballero, pese a sus 60 años, era un dandy galante que había atraído el interés de lady Conyngham, amante del rey Jorge IV. Para alejarlo de Londres se le buscó un empleo “lo más lejos posible”. Y no encontraron nada más retirado que Buenos Aires. Ponsonby fue recibido por Rivadavia el 1º de septiembre de 1826, con guardia de honor y salvas de artillería, lo que no pareció conmover mucho al Lord, que un mes después escribía sobre Rivadavia: “El Presidente me hizo recordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho”.Durante la breve presidencia de Rivadavia se profundizaron los “lazos” y se incrementó la influencia británica en la economía y la política locales.1. Murray Forbes, Once años en Buenos Aires, Emecé, 1956.

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