Pasaje a una bienal singular en la India

La monocultura nos está matando. Estamos todos hiperconectados pero, al mismo tiempo, completamente aislados…”. Frente a una pequeña multitud de periodistas, críticos, curadores y artistas que la escuchan bajo un sol abrasador, lo dice Anita Dubé, la curadora de la bienal, antes de empezar su visita guiada por los salones de Aspinwall House un edificio colonial con un gran parque que es el principal espacio de exhibición. “Necesitamos –continúa con entusiasmo– un lugar para conversaciones, para sentarnos y conversar tranquilamente. Es una necesidad urgente: que todos compartan con el otro algo de su sabiduría, lo que sea, necesitamos un lugar para dejar las sospechas sobre el otro”. Y antes de entrar en las salas y en la sombra que todos ansiamos, pregunta, gritando como una estrella de rock sobre el escenario: “Is everybody happy?” La respuesta es, obviamente, la esperada: “Yeah!”.Pero tratándose de una crónica sobre la Bienal de Kochi-Muziris –un asunto con toda probabilidad completamente desconocido en la Argentina–, parece prudente en este caso empezar por el principio: Kochi es una ciudad de la India ubicada en el estado de Kerala, en el sudoeste del país, y el puerto indio más importante sobre el Mar Arábigo. Su historia la vuelve un lugar muy especial en la India: desde principios del siglo XVI fue primero colonia portuguesa, luego holandesa y finalmente británica, algo que se advierte en su arquitectura y en su diversidad cultural. A las sucesivas olas migratorias hay que agregar a los misioneros jesuitas españoles que predicaron el catolicismo.

Un chico hace sus dibujos en la obra interactiva “Touching My Father”, del artista chino Song Dong. Cortesía de Kochi Biennale Foundation.

Esta es la cuarta edición de la Bienal de Kochi, que hace ocho años, sobre todo como una forma de promover el turismo internacional, empezó a financiar el gobierno de Kerala a través de una fundación. Hoy se ha convertido en la muestra de arte contemporáneo más importante de la India y probablemente del sudeste asiático. En la pasada edición tuvo unas 600.000 visitas y los organizadores esperan que el próximo 29 de marzo, el día de su clausura, esa cifra haya llegado a 700.000.En su recorrido previo a la inauguración para el numeroso grupo de invitados, Anita Dube (1958, India, artista contemporánea) va desgranando su idea acerca de su trabajo como curadora en la bienal, cuyo lema en esta edición es Possibilities for a Non-Alienated Life (posibilidades de una vida no alienada)y que exhibe obras de más de cien artistas de la India y otros treinta de otros países del mundo: su idea –dice– es mostrar los trabajos horizontalmente, sin jerarquías. “El arte contemporáneo no está jerarquizado frente a otros”, sostiene, y una obra de un artista contemporáneo de primer nivel internacional puede dialogar con el trabajo de un artista folk, cercano al arte popular y la artesanía. Para Dube es fundamental la conexión de la bienal con la realidad y la actualidad de la India y el mundo. “Esto pasa aquí y ahora, en Kochi, no en diez años más ni en diez años menos. Es un hecho muy localizado en tiempo y espacio”.Con algún conflicto –hay que decirlo, aunque es necesario decir también que la curadora no rehúye el conflicto– sus ideas se verifican en la muestra que diseñó en el espacio central y en una decena de lugares más pequeños desparramados en un sector de la ciudad. Es cierto que las obras de arte contemporáneo no están jerarquizadas por sobre las otras, pero naturalmente el público establece sus jerarquías. ¿Cómo evitar, por ejemplo, que la experiencia de estar frente a la extraordinaria videoinstalación del sudafricano William Kentridge se convierta por sí misma en el momento más memorable de la muestra?

Mucho público frente a una obra tradicional de Durgabai Vyam y Subhash Vyam, marido y mujer, que narran en sus obras mitos y leyendas floklóricas de Gond, en la India central. Cortesía de Kochi Biennale Foundation.

La selección de trabajos cumple sobradamente con la idea de una bienal pensada en conexión con la realidad y la actualidad y convierten a la muestra en sumamente política. La enorme mayoría aborda temas de gran vigencia en la India y en el mundo, como problemáticas de género y de los colectivos LGTB, la situación de migrantes y refugiados, problemas ambientales y depredación de la naturaleza, situaciones derivadas de la pobreza…Para los visitantes de la bienal, muchos de esos problemas son visibles tanto en las calles de Kochi –en algunos sectores la polución es notable, por ejemplo, y la pobreza profunda es algo con lo que uno puede toparse en cada esquina– como en los espacios de exposición, y no solamente en las obras. Más fácil que explicarlo es contrastar dos realidades que conviven en la Bienal: por un lado, esta es la primera edición curada por una mujer y más del 50 por ciento de los autores convocados son artistas mujeres. Al mismo tiempo, en las horas previas a la inauguración era imposible no sentir estupor –aunque buena parte del público lo intentaba– al ver en la sede principal de la bienal a un equipo de limpieza, todas mujeres, todas paupérrimas, todas descalzas, dobladas a noventa grados por la cintura, barriendo el piso de tierra del parque –quién sabe para qué– no con escoba sino con un puñado de ramas secas que parecía provenir de la Edad Media. Desde luego, la dirección artística no es responsable del asunto, pero no es fácil aceptar que la misma Bienal cuyo lema es Possibilities for a Non Alienated Life y cuyas obras son profundamente críticas de las realidades sociales inequitativas, limpie sus instalaciones de esa manera.

Instalación sonora de la artista india Shilpa Gupta: “For, In Your Tongue, I Can Not Fit – 100 Jailed Poets”. Cortesía de Kochi Biennale Foundation.

También es verdad que quizá como en ningún otro evento semejante en el mundo, es posible ver en la Bienal de Kochi visitantes que parecen ajenos al mundo del arte y sus códigos, moviéndose con toda comodidad por la exposición. Probablemente gracias a la difusión de los organizadores y a sus acciones para incorporar nuevos públicos. Excepción hecha de algunos encuentros, cenas y cocteles organizados por empresas internacionales que sponsorean el encuentro, esta es la primera bienal de arte contemporáneo exenta de marcas de ropa internacionales, glamour, champagne y perfume francés. La entrada al espacio principal, por ejemplo, tiene un costo un poco menor a un dólar y medio y hay un día por semana que es gratis; el ingreso a los espacios menores es gratis todos los días. Hay que tener en cuenta que –fuera del los meses en que la bienal permanece abierta– prácticamente no hay salas de exposición de arte en Kochi. Y la situación no es muy diferente en la provincia de Kerala. El costo de la Bienal para el gobierno provincial es de cuatro millones de dólares.Como en pocas bienales, muchas obras se exhiben en el espacio público, sorprenden y logran una conexión real con la gente local. Es el caso de la instalación lumínica “A Place Beyond Belief” (algo así como “Un lugar difícil de creer”), del escocés Nathan Coley, que atrapa la atención de los peatones que pasan por el frente de la sede principal de la Bienal. Originalmente la obra de Coley se refiere al 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, pero exhibida hoy en Kochi cobra sin lugar a dudas nuevos sentidos.

“A Place Beyond Belief”, instalación lumínica de Nathan Coley. Cortesía de Kochi Biennale Foundation.

Más escondida, pero buscada por sus seguidores y descubierta con felicidad por quienes no lo conocían, está “More Sweetly Play the Dance”, la obra del sudafricano William Kentridge, una hipnótica videoinstalación sonora en ocho pantallas. Como en una procesión, una coreografía o un cortejo fúnebre, siluetas clásicas de Kentridge desfilan llevando sobre las espaldas o como pueden objetos personales de todo tipo: bañaderas, valijas, cajas, mientras suena una música de metales. Imposible no pensar en migrantes o refugiados huyendo en busca de una realidad un poco más amable. Quizá en busca de esa vida no alienada a la que se refiere con esperanza el lema que Anita Dube eligió para la Bienal.Sonidos e interactividadDos metas de la curadora de la Bienal fue que las obras fueran lo más interactivas posibles y que la música no estuviera ausente en el encuentro. Una obra que cumple con esos dos objetivos es la de la única artista latinoamericana convocada: Tania Candiani (México, 1974). Tania suele trabajar con tecnologías antiguas, trayéndolas al presente. “Tienen un potencial poético impresionante. Me conmueven y son fuente de referencia y del pensamiento todo el tiempo”, dice en una charla con Ñ. La pieza que realizó especialmente para la Bienal de Kochi es un antiguo telar en desuso que convirtió con la ayuda de un luthier mexicano y uno indio en un instrumento musical que suena en parte como un arpa, en parte como un sitar y en parte también como una marimba. Durante la muestra se hicieron varias performes o conciertos con el instrumento inventado y todo el tiempo el público puede interactuar con la obra y arrancarle sonidos.

Un grupo de monjas interactúa con la obra de la artista mexicana Tania Candiani.

La obra de Candiani es una reflexión sobre por qué la desaparición del antiguo telar –ya se usan pocos en el mundo, algunos en Oaxaca (México) y algunos en la India, entre otros– y el peligro de desaparición del antiquísimo y complicado oficio de quienes los manejan.Otra obra interactiva que atrajo el interés del público es “Touching my Father” (tocar a mi padre), del artista chino Song Dong. El origen de la obra fue una foto que el artista tomó de su mano posándose sobre su padre días antes de su muerte. En China ese gesto no es socialmente aceptables, como muestra de respeto a los mayores. Ese fue el disparador de la obra, una estructura circular de un vidrio opaco diseñado especialmente para que la gente pudiera pintar y hacer dibujos sobre su superficie con agua. Los dibujos de la gente son efímeros, fugaces, desaparecen apenas minutos después de ser realizados.También fue muy apreciada una instalación sonora de la artista india Shilpa Gupta “For, In your Tongue, I Cqan Not Fit – 100 Jailed Poets”. El espectador penetra la instalación exhibida en una enorme sala débilmente iluminada y camina entre atriles, micrófonos y dispositivos sonoros en los que se escuhan susurros leyendo los poemas que cien poetas escribieron alguna vez muientras estaban en prisión. La obra, de conmovedora intimidad, permite caminar entre sus voces.

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