Lenard, el piloto que volvió de la muerte y ya planea volver a volar

Tiene dos pasiones. Volar y tocar música. La primera le dio un duro sacudón hace diez meses. Y pese a ello piensa volver a intentarlo siempre y cuando “pueda vencer los miedos”. La de Lenard Ibáñez es una historia que puede inscribirse en esas que llevan una palabra indeleble cuando se las recuerda: milagro. Porque el avión que piloteaba se incendió de repente y cayó sobre un árido campo de Península Valdés, cerca del mar, en Chubut. Nada ni nadie en los alrededores. Solo el humo primero y el fuego después que consumieron al pequeño avión Pipper y se llevaron tres vidas. Lenard no se rindió. Con quemaduras en gran parte de su cuerpo, salió de la máquina y comenzó a caminar. Primero miró hacia atrás para buscar a su compañero Ricardo Ramón Artiles a quien había invitado a compartir el paseo junto a las dos mujeres que lo contrataron.

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Artiles estaba demasiado herido como para seguirlo. Entonces,tomó la decisión de comenzar a caminar solo para buscar ayuda. En su interior y al ver que el fuego consumía la avioneta, sabía que la suerte de las dos mujeres estaba echada. Lenard caminó y caminó. Hoy no recuerda cuanto. Pueden haber sido tres o siete kilómetros. En su andar con tropiezos, sorprendió a unas personas que disfrutaban de un domingo más, tomando mates junto al mar. No hizo falta que les diga demasiado. Enseguida entendieron que algo terrible le había pasado y entonces pidieron ayuda al hospital de Puerto Pirámides, el más cercano. Es en realidad, es un centro de salud por lo que le hicieron las primeras curaciones y lo trasladaron rápidamente a Puerto Madryn. ¿Fue el fin de la historia? No. Simplemente el comienzo de una larga travesía por hospitales y salas de operaciones. De un viaje que para él tenía un solo destino: vivir. “Mamá, le pedí a Dios que no me deje morir”, le dijo a su madre Estela Montesino cuando la vio algunas horas después del accidente. Y Dios no dejó que se vaya, lo dejó en la tierra y con sus sueños intactos.

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Ahora, Lenard se recupera. Después de 150 operaciones, una cardiopatía y algunos momentos de angustia en que parecía que su corazón decía basta. Entre la casa de su madre en el barrio Covitre de Rawson y la de sus abuelos, un departamento en la calle Pablo Neruda de Trelew pasa los primeros días de felicidad tras haber vuelto al lugar que lo vio nacer. Hasta allí llegan familiares y amigos. Todo el tiempo. Lenard está siempre con una sonrisa. Y con ganas de hablar. Pero no habla de ayer. Sino de mañana. “Si logro vencer los miedos voy a volver a volar. Es mi sueño a pesar de todo”, le dijo a Clarín pocas horas después del regreso. Que como es lógico pensar se hizo por tierra. Entre Buenos Aires (donde pasó los diez meses de recuperación) hasta Rawson hay una distancia de 1456 kilómetros. Los recorrieron lentamente, deteniéndose a mirar los paisajes cuando Lenard sentía el cansancio propio de alguien que vuelve de semejante pesadilla. Recuerda que se despertó tres meses después del accidente ocurrido en las primeras horas de la tarde del 22 de abril del año pasado. Fue a principios de agosto. “Pensé que me había dormido el día anterior y me despertaba de algún sueño extraño. Pero recordaba todo lo que me pasó. Incluso el médico me preguntó si sabía donde estaba y aún no se por qué le dije que si, que estaba en Buenos Aires. Yo nunca me enteré que me habían trasladado”.

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Para tomar la dimensión de la tragedia, Ibáñez piloteaba un avión Pipper PA-28 Warrior matrícula LV-FKO el domingo 22 de abril del año pasado en el que viajaban además otras tres personas: Ricardo Ramón Artiles, Mónica Gabriela López y Silvia Edith Acosta. Los tres fallecieron. Las dos mujeres en el acto producto del incendio de la nave. Artiles, compañero de trabajo de Ibáñez en la sucursal Trelew del Correo Argentino algunos días después: tenía quemaduras en el 70 por ciento de su cuerpo. La aeronave realizó un aterrizaje de emergencia en la estancia La Adela, ubicada en el Área Natural Protegida Península Valdés. Y se incendió presuntamente por un cortocircuito. Fue entonces cuando comenzó “la otra vida de Lenard”. Cuando se puso en marcha la historia que para todo el mundo terminó en un milagro. El muchacho, de 27 años es el guitarrista del grupo “Tracktor”, que interpreta rock pesado. Quedó dicho que la música es otra de sus pasiones y por eso, también lo va a volver a intentar. “Todo depende de como evolucione de mi mano de derecha que fue una de las más afectadas”, aclara el joven piloto.

El piloto Lenard Ibañez, con su madre, en la primera cena al volver a su casa tras pasar 10 meses en Buenos Aires.

La vida continuará ahora con un largo período de recuperación. Tal vez dos años en los que cada mes deberá ir a Buenos Aires para continuar con la recuperación. Sobre todo, los injertos de piel ya que en Chubut no hay lugares especializados para eso. Los pasos por el quirófano serán otra constante, casi con seguridad. “Estuve tantas veces que ya medio que me gustaba”, contó siempre con una sonrisa. Quizá volverá a repetirse. Lenard tuvo problemas en sus cuerdas vocales. Al principio le costaba mucho hablar. También en casi todo su cuerpo. A tal punto que según contó su mamá “tuvo que aprender a reconocerlo de nuevo. A saber qué podía hacer. Pero lo hizo con una gran fuerza de voluntad”.

Lenard Ibáñez.

“¿Qué más me puede pasar?”, se pregunta el joven piloto. Pero agrega. “Uno nunca sabe. La vida es una caja de sorpresas. Yo me aferré a ella, con fe y con amor. Es la única manera de salir de estas situaciones de tanta angustia. Quería vivir, seguir en este mundo porque todavía tengo muchas cosas por hacer”. Asegura que le dio un abrazo a la muerte “pero la solté y me abracé a la vida”. Ahora solo piensa en estar bien, en volver a tocar y a volar. Y también a su trabajo en el correo. Ese que parece haber quedado ya en la prehistoria pero que todavía le sobrevive a la tecnología: repartir correspondencia, casa por casa, golpeando las manos, tocando timbres. Entregando cartas y sonrisas. Igual que antes.

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