Tiene 13 años, quiso desafiar al Aconcagua y se llevó el susto de su vida

Henry jamás se imaginó que sus vacaciones en Mendoza, como parte de su entrenamiento como montañista, iban a llevarlo a la portada de los diarios. Con apenas 13 años, el adolescente norteamericano le pidió a su papá que le permitiera acompañarlo en su ascenso a la cima del Aconcagua (6.962 metros), en el Cono Sur. A 5.560 metros, le costaba mover los brazos y las piernas, no podía cerrar los ojos y sentía paralizarse la mitad de su cara. Estaba con los síntomas del llamado mal agudo de montaña que deriva en edema pulmonar y cerebral por falta de oxígeno y aclimatación a la altura. “No podía controlar mi cuerpo”, recuerda. Y confiesa que se asustó mucho y pensó: “Soy muy joven para morir”. El equipo de rescate del Aconcagua logró estabilizarlo y bajarlo en una travesía que duró de 12 horas. Luego de la “odisea” de su vida, el adolescente y su papá Timothy Horvath (48), dialogan con Clarín, en el hotel Nutibara de la ciudad de Mendoza.

Al rescate. Una patrulla baja al chico de 13 años que sufrió un edema cerebral por falta de oxígeno.

Ambos residen en Nueva York. El viaje a Mendoza coincidió con una semana de vacaciones del colegio secundario de Henry. Su mamá y su hermano menor, de 9 años, se quedaron en casa.

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Tim, el padre, es constructor y guía de montaña. Acumula la experiencia de haber escalado el Everest (8.848 metros) y el Kanchenjunga (8.611 metros), ambos en la cordillera del Himalaya. Pensó que la travesía con su hijo en el monte más alto de América era posible: “A los 14 años ya no se requiere de un permiso para ascender estas montañas y a Henry sólo le faltaban tres meses para llegar a esa edad. Lo veía fuerte, preparado”.Pero todo se derrumbó cuando notó que el chico tenía dificultad para ascender. Asegura que si no hubiera sido por la ayuda de los médicos que estaban en la montaña, no sabe qué podía haber ocurrido con Henry: “Le costaba hablar, y no podía decir su nombre, ni dónde estábamos, ni comprender las instrucciones que le dábamos”.

Travesía. La bajada tardó 12 horas. El chico no podía moverse.

El grupo empezó a descender con el adolescente sobre los hombros de uno de los guías hasta llegar al campamento Plaza Argentina (4.100) Su caso reavivó el debate de los menores que acceden al llamado “coloso de América”. Los chicos pueden acompañar las expediciones previa autorización de ambos padres y –a menudo- aparecen familias completas emprendiendo el ascenso. Sin embargo, esta montaña requiere de capacidad física, preparación mental y una larga aclimatación a la altura para lograr la cima.La travesía Emprendieron camino a la cumbre el lunes 25 de febrero, junto a un grupo de escoceses y el equipo mendocino de la empresa de montaña Grajales. En el día previo a intentar la cumbre, Henry empezó a sufrir mareos y se descompensó, “Alrededor de las 19 horas, nos alertan que en campo 3 de Guanacos (5.500 metros de altura), había un chico estadounidense con su padre, guía de montaña, con edema cerebral agudo de montaña y una parálisis facial, trabajamos mucho en el rescate y evacuación de este adolescente en riesgo”, cuenta el responsable de los equipos médicos del Aconcagua, Ignacio Rogé. “Al principio, creíamos que si tenía una parálisis fácil podría estar con un ACV”, explica el doctor Rogé, dando cuenta de la preocupación que generó este paciente. Pero el médico que lo revisó, sólo constató el edema cerebral por la falta de aclimatación a la altura.

Falta de aclimatación a la altura. Por eso se descomensó Henry.

A la medianoche, los rescatistas se encuentran en campo I, casi llegando a Plaza Argentina. Allí el médico lo revisa y advierte que el adolescente solo padece un edema cerebral, sin otro síntoma neurológico. Le suministraron oxígeno y Dexametasona durante toda la noche. Logran estabilizarlo. La orden médica fue que podía bajar en helicóptero y luego trasladarlo en un transfer a Mendoza. Hubo un intento del helicóptero de rescate de acercarse al sitio donde estaba la noche, pero no estaban dadas las condiciones y el vuelo se realizó a la mañana siguiente en ambulancia hasta el hospital de la villa cordillerana de Uspallata y luego a Mendoza.

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Tim reveló que es la segunda vez que atraviesa una situación de máximo riesgo: “Logré sobrevivir a una tormenta de nieve en 1998”. Pero, una vez más la vida lo puso al límite: “El momento más difícil fue cuando mi hijo no podía hablar. Ves a tu hijo que no puede comprender una simple instrucción, es algo muy terrorífico”. Y reflexiona: “Nadie está preparado para ver a tu hijo en riesgo, por lo que no me queda más que agradecer a todos los que participaron del rescate y evitaron que algo malo suceda”.Henry, que es algo tímido, cuenta que aún no se siente “100 por ciento recompuesto” y no está seguro de querer trepar pronto otra montaña. “Creo que me voy a tomar un descanso (breack), tal vez jugar al básquet u otro deporte antes de volver a intentar una cumbre”, bromea.Para seguir leyendo:

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