Malvinas, una herida a flor de piel

El duelo de titanes que libran el viento y el mar en las costas de las islas Malvinas no tiene las mismas connotaciones que expresa el feroz encuentro del Atlántico con el Pacífico al sur de Tierra del Fuego. Mucho menos es comparable con las aguas revueltas del Río de la Plata, en su último esfuerzo por volcarse en el océano frente a las playas de Punta del Este. En aquel páramo austral afloran otras resonancias: son los ecos de la guerra que no se acallan y recuerdan el tendal de dolores que dejó, una herida abierta que está lejos de aplacarse.

Una de las fotos exhibidas en la muestra “En mis ojos, Malvinas”, en el Museo Pampeano de Chascomús (foto de Rubén Digilio).

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Bajo esa bruma que envuelve la orilla hasta reducirla a un contorno difuso, cada ola desbocada que estalla contra las rocas parece advertir a cualquier turista desprevenido sobre el significado que ese territorio partido en dos tiene para miles de argentinos.

Una de las fotos exhibidas en la muestra “En mis ojos, Malvinas”, en el Museo Pampeano de Chascomús (foto de Rubén Digilio).

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Desde hace unos años, en el imaginario popular Malvinas pasó de ser el oscuro escenario de la gran tragedia sufrida por la Argentina en 1982 -consecuencia directa de una dolorosa derrota de la improvisación militar- a un destino turístico emergente. Suele atraer como una suerte de sitio exótico, a punto de ser olvidado en uno de los confines más remotos del planeta.

Una típica taberna británica, en Islas Malvinas (foto de Rubén Digilio).

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Nuevas conexiones aéreas desde el sur de Chile y Río Gallegos hasta la la isla Soledad o cruceros que surcan la Patagonia a través de los mares australes surgieron como medios posibles para llegar a ese territorio que nos induce a reflexionar sobre la soberanía, la futilidad de las formas violentas para recuperar terreno perdido y la persistencia del colonialismo, que se empecina en conservar sus dominios de ultramar (o la amplia riqueza de recursos naturales que representan) como tesoros innegociables en esferas diplomáticas.

Islas Malvinas (foto de Rubén Digilio).

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Una peña encendida al costado del camino

El programa de un viaje a las Malvinas bien puede incluir un city tour por los edificios históricos de la capital, la visita a un típico pub inglés o a una finca rural dedicada a la cría de ovejas de alta gama. Pero, tarde o temprano, un rumor persistente se interpone en los pasos que los visitantes dan en el desolado paisaje isleño. Son las esquirlas de la guerra que perturban la conciencia.

Una de las fotos exhibidas en la muestra “En mis ojos, Malvinas”, en el Museo Pampeano de Chascomús (foto de Rubén Digilio).

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Parecen resurgir en el inquietante silencio de las trincheras de Ganso Verde o en el cementerio de Darwin, sitios insoslayables que reclaman memoria y respeto por los caídos. La dolorosa historia de Malvinas se sigue escribiendo: conjuntamente con Cruz Roja Internacional, el Equipo Argentino de Antropología Forense y expertos británicos llevan adelante la tarea de devolver su nombre a 121 de los 246 restos de soldados enterrados. Ya fueron identificadas 112 de esas almas “sólo conocidas por Dios”. Esa gesta reparadora insinúa que la paz definitiva, sólo construida a través del diálogo, es posible.

Una de las fotos exhibidas en la muestra “En mis ojos, Malvinas”, en el Museo Pampeano de Chascomús (foto de Rubén Digilio).

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