Peralta Ramos, el hombre infinito

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Federico Manuel Peralta Ramos en el programa de Tato Bores, en 1969 Crédito: Gentileza Caja Negra Editora

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22 de septiembre de 2019  

“Uno, dos, tres, ¡vendido!”, exclamó “Arturito” Bullrich al adjudicar en 1966 un toro campeón en un remate en la Rural. Varios parientes de
Federico Manuel Peralta Ramos -entre ellos su madre, a su lado- empalidecieron o quedaron paralizados al verlo levantar la mano para hacer la oferta ganadora… a pesar de no tener un peso.

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Aquel gesto fue la gota que colmó el vaso. No importó su declarada intención de convertir el toro en una obra de arte, que entonces parecía una locura. El hijo de uno de los arquitectos más reconocidos de la Argentina, descendiente de una aristocrática familia que se vio obligada a pedir disculpas y devolver el animal, fue medicado con antipsicóticos y diagnosticado como “psicodiferente” por Jaime Guillermo Rojas-Bermúdez, pionero del psicodrama en América Latina.

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“A mí, a otros amigos y a linyeras que levantaba por la calle nos llevaba a sus sesiones con Rojas-Bermúdez. Me contó que un día se desnudó por completo frente a él”, cuenta
Marta Minujín al recordarlo en el libro
Del infinito al bife. Para realizar esta compleja
“biografía coral” que acaba de publicar la editorial Caja Negra,
Esteban Feune de Colombi reunió más de un centenar de testimonios que, por momentos, se contradicen entre sí. Aunque la mayoría -incluso su familia, que ahora impulsa una fundación para preservar su legado- coincide en que Peralta Ramos fue un pionero del arte conceptual en Argentina, poco reconocido como tal en su momento.

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“Nació rubio y de ojos celestes, jugó al polo, domó caballos, actuó en cine y en TV, trabajó en radio y en gráfica, fue casi arquitecto, pintó, hizo escultura, performance, happening y se exhibió a sí mismo como una obra de arte, prescindió de influencias, fundó una religión, se inventó un monumento, refundó una ciudad (¡Mal de Plata!), organizó la última cena, vendió un buzón, inauguró una muestra en una sala vacía, quiso exhibir un toro, expuso duchampianamente cuadros y objetos ajenos, compuso canciones, cantó, grabó un disco, cambió sin querer las bases de la beca Guggenheim, cobró sueldo ‘de hijo’, regaló dinero, murió joven y escribió pero sin llegar a publicar un libro, un libro ‘barajable, con hojas sueltas’ que se titularía
Del infinito al bife y en el que consignaría aforismos y platos favoritos”, escribe Feune de Colombi casi sin respiro, con la misma pasión que ponía en sus célebres intervenciones en el programa de
Tato Bores el artista al que tanto admira. Un hombre que distinguía entre “gente bife”, más terrenal, y “gente infinito”, grupo compuesto por los que -diría
Oliverio Girondo- saben volar. Como Federico.

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Por:
Celina Chatruc

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