La vigencia de Luis Felipe Noé

Ochenta y seis, el título de la muestra de Luis Felipe “Yuyo” Noé que abrió hace días en Rubbers, introduce con claridad un recorrido por la obra exhibida que contiene la idea del tiempo como hilo conductor. En la obra “La derrota de la muerte”, se ve un catálogo de los recursos formales de Noé organizados con una nueva perspectiva de marco irregular. El trabajo de Noé dialoga en la muestra con Natalia Revale y sus originales piezas de cerámica, con Cecilia Ivanichevich, interesada en la búsqueda de la luz, y con su hija, Paula Noé Murphy, con una serie más experimental.Sobre el tiempo en su amplitud, sentido también como la cercanía de ‘”a señorita parca” con la que ironiza Yuyo en el reportaje del catálogo, se lee esta lúcida argumentación: “Hay tiempos rápidos y hay tiempos lentos. No está relacionado con la marcha del reloj. El tiempo de la infancia es lentísimo, pero luego se hace cada vez más rápido. El presente y el pasado juegan a las escondidas. Hay casi presentes, o sea ayeres inmediatos que se van al olvido total como si realmente no hubiesen existido (eso se agudiza en la vejez) y hay pasados que uno siente, cuando vienen a la memoria, que están tan presentes que uno recuerda hasta los más mínimos detalles como si los volviese a vivir. A veces, esos detalles no son tan importantes, pero por algo gravitan en uno”.

“La derrota de la muerte”. 143 x 170 cm.

Dice en otro segmento que “El tema es, ante todo, lo que querés ir entendiendo que ni siquiera sabés bien de qué se trata”. Yo es otro, dice Noé con Rimbaud: “No creo que el arte sea expresión del yo. El yo se va revelando, se va dando como absolutamente inesperado. Lo que uno hace no es lo que sabe de sí mismo sino lo inesperado de sí y esa es la creación artística, de cualquier tipo”.Hay otras ideas muy sugerentes, donde esa especie de verborragia formal de Noé se calma y configura un otro plano, sensible y de menor tamaño, como un terreno preparado para la siembra. Esa misma exploración cambia de escala en la obra “Estructura para un paisaje”, interesante trabajo por capas casi sin presencia humana, en el cual el paisaje se presenta como una trama básica donde instalarse. Ochenta y seis es la muestra de un artista reflexivo y vigente que cree que “el destino del quehacer artístico individual está interrelacionado con el destino de la cultura a la que uno pertenece. La cultura no es únicamente un fenómeno de salones de élite. La cultura es el destino de un pueblo”.

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