“Un pibe feliz, que disfrutó lo que tanto le costó”, el recuerdo del rector y el profesor de Fernando Báez Sosa

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Si en algo coinciden compañeros, amigos, profesores y su propia familia es que Fernando Báez Sosa (18) “fue muy feliz en el Colegio Marianista”, de Caballito, donde hizo la secundaria entre 2014 y 2018. Allí fue el primer alumno en ingresar a través de una fundación (Germinare) y también el primero en ser becado durante los cinco años.
“Fernando no entró así nomás, él debió presentarse y aprobar un examen de ingreso, y se esforzó estudiando durante todo séptimo grado, preparado por la Fundación Germinare, que por las características de Fer determinó que el Marianista era el colegio para que mi hijo se capacitara”, le dice a Clarín Graciela Sosa (54).”Al principio me parecía un poco lejos, pero después supimos que era un lugar exigente para su formación. No nos equivocamos, allí él vivió años inolvidables, donde sembró relaciones muy profundas con compañeros, docentes y autoridades”, agrega la mamá de Fernando.Atravesando fuertes jaquecas y una incipiente conjuntivitis, Graciela siguió muy de cerca la evolución de Fernando “en un colegio que le abrió la cabeza en cuestiones fundamentales que tienen que ver con el brindarse, con ayudar al prójimo y, también, le sirvió para pensar en su futuro laboral, porque él decidió tener orientación hacia las humanidades y, después de algunas dudas, optó por estudiar Derecho”.

Romero y González, rector y profesor de Filosofía del Colegio Marianista, en una de las aulas donde cursaba Fernando Báez Sosa. Foto: Juano Tesone

En alguna oportunidad, tal vez sacudido por el fallecimiento de un profesor, Fernando había deslizado a su entorno que si “llegara a pasarme algo” -sin imaginar jamás su desenlace-, que pretendía que su cuerpo fuera llevado “a despedirse del colegio Marianista”, porque allí logró un lugar de pertenencia. De no creer, pero así fue: después del multitudinario velatorio del 19 de enero de 2020, en Avenida La Plata y San Juan, le hicieron una responso, íntimo, dentro de la escuela.  En una tarde calurosa de enero, Marcos Romero, rector del Marianista y Sergio González, profesor de Filosofía y quien le entregó en mano el diploma de egresado a Fernando, abrieron la puerta de la institución de Avenida Rivadavia 5600 para recorrer, junto a Clarín, el aula, el patio y los pasillos donde Fernando vivió grandes pasajes de su vida.”La muerte abuena, pero no es el caso, Fer era un pibe dedicado, buen amigo y compañero, buen alumno sin ser brillante, espontáneo, extrovertido, frontal y alegre. Sí, un muchacho alegre, la sonrisa le brotaba”, describe “El Gaita”, como le dicen sus alumnos a González.Asiente con la cabeza Romero, máxima autoridad desde hace ocho años. “Fernando venía a veces a proponerme alguna idea en la que, quizás, no estaba de acuerdo con el colegio y la manifestaba con sinceridad, fiel a su estilo frontal y respetuoso”. Marcos y “El Gaita” están sentados en los pupitres donde se sentaba Báez Sosa durante el ciclo lectivo de 2018. Es el aula del quinto piso donde afuera, en el patio, una imagen con su rostro acapara las miradas. “Siempre serás uno de nosotros. Mantendremos viva tu memoria y exigiremos justicia”, se lee arriba de esa impronta sonriente.

El rector del Marianista y uno de los profes de Fernando, en el patio del Marianista, donde jugaban al fútbol con Fernando. Foto Juano Tesone

Romero recuerda patente el día que se enteró de su asesinato. Estaba de vacaciones yendo al encuentro con su familia, en la Patagonia, y su teléfono empezó a “detonar con mensajes de distintos profesores. ¿Sabés algo? ¿Escuchaste lo que pasó?”. Entre confundido y aturdido, Marcos no tenía precisiones “pero por lo que había escuchado, esto de que se habían agarrado a trompadas en la puerta de un boliche, no me cuadraba con su perfil de pibe conciliador, por eso se me hacía difícil de creer”.González estaba durmiendo aquel 18 de enero cuando también su teléfono empezó a tornarse intenso desde bien temprano. Los idas y vueltas generaban dudas y confusión, por lo que “El Gaita” decidió llamar a un par de amigos que sabía que estaban con Fernando en Villa Gesell, según había visto en unas historias de Instagram. “Uno de los amigos me atendió y me confirmó que sí, que se trataba de Fernando. Y no lo podía creer, me quedé en shock, me costaba imaginarme a Fer en medio de esa pelea”, afirma.Como rector, Romero tuvo un contacto más frecuente del que podría suponerse por su jerarquía. “Yo jugué al fútbol contra Fernando, acá en el patio del colegio, en un partido de profes contra ex alumnos. Siempre estaba ligado al Marianista por su labor solidaria en el Proyecto Servir -propuesta histórica del colegio-, en el que en dos oportunidades ofreció ayudar en tareas de albañilería para una escuela y una capilla humildes en Ituzaingó y en Marcos Paz. Pero además, un rasgo distintivo suyo era su sonrisa, era un pibe alegre y sano, que disfrutaba de todo lo que hacía y lograba porque seguramente sabía lo mucho que le ha costado conseguirlo”.”El Gaita” reconoce que con Fernando y con el curso en general tuvo “mucha onda” de entrada. “Son esas cosas que se dan naturalmente y que se alimentan al cabo de estar tres años trabajando juntos, en los que hubo campamentos, retiros espirituales y proyectos Servir, donde hubo química, frescura pero sin perder la relación profesor-alumnos. A él le dicen Marcos, no señor rector, a mí ‘Gaita’, no profesor, y para nosotros era Fer, no Báez Sosa… ¿Se entiende? Es algo que tiene que ver específicamente con este colegio, no es común en otros lados”, comenta.Recuerda el profe una charla con Fernando, a fines de 2017, cuando se quedó caminando por la playa, en una excursión a Mar del Plata, mientras el resto del grupo estaba más adelante. “Fer me hablaba de su futuro y me compartía que tenía una duda que le duró bastante que era entre seguir la carrera de Derecho o animarse al profesorado de Educación Física, porque él era un persona de contextura importante, muy físico y le encantaba el deporte, era incansable, pero finalmente se inclinó por la abogacía”.

El recuerdo del Marianista al paso de Fernando por ese colegio del barrio de Caballito. Foto: Juano Tesone

Generaba confianza Fernando, además de poseer un espíritu docente, por eso fue elegido para ir a un campamento a San Pedro con chicos de primaria, “para ayudar a los maestros, porque él garantizaba dar una mano y diversión. Es cierto que se mostró sorprendido cuando fue elegido, pero lo que disfrutó esa experiencia no tiene nombre, porque los más chiquitos lo tomaron como un referente cercano y lo buscaban para compartir momentos, juegos, búsquedas del tesoro, porque Fernando era un pibe dado y entrador”, puntualiza el rector.Estudiante correcto, nunca tuvo problemas con las materias, tampoco se destacaba en ninguna en particular, “lo de Fernando eran las relaciones humanas y su núcleo cercano, ese con el que viajó a Villa Gesell, pero también tenía otros grupos, en otros cursos y muchas amigas mujeres, porque así era su personalidad cálida que pudo sembrar y cosechar en el colegio”, subraya González. De hecho, a su novia Julieta Rossi la conoció en el Marianista y su relación comenzó una vez egresados.A Fernando le costó mucho esfuerzo lograr objetivos, por eso en todo lo que hacía plasmaba deseo, pasión y voracidad porque en todo ponía el cuerpo y el alma. “Estaba marcado por unas ganas y un optimismo llamativos, lo que le permitía encarar con éxito todo lo que emprendía. Ojo, no era líder, no le importaba ser un referente, pero sí su voz era respetada”, hace saber “El Gaita”.A partir de cuarto año, “gracias a su mayor dedicación hacia el estudio, Fernando maduró, creció, se independizó en las cuestiones cotidianas, quería tener una novia y con Graciela notábamos una evolución y una seguridad que nos enorgullecía. Comprendió lo importante que era ayudar y ser solidario, actitud que incorporó a su rutina, y no tenemos dudas de que haber ido al Marianista colaboró con su formación”, concluye Silvino Báez, el papá.GL

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