opinión

Los desequilibrios macroeconómicos empobrecen

Los economistas definen a un bien público como aquel cuyo consumo es indivisible y que puede ser compartido por todos los miembros de una comunidad sin exclusión (como por ejemplo la defensa nacional). Usualmente su gestión está a cargo del Estado, se financian con impuestos (es decir, nadie puede negarse a “comprarlos”), y se supone que el Estado debe proveerlo eficientemente.En la práctica estos conceptos han sido desechados en nuestro país. El Estado gasta en aquellas actividades y bienes que les interesan – o les dan poder a los políticos-, menospreciando la eficiencia, y los financian con impuestos que afectan las actividades privadas y la provisión de otros bienes. Peor aún, frecuentemente los financian con endeudamiento o con emisión monetaria espuria.Es común que se argumente que un incremento del gasto público mejora el bienestar de un país al incrementar el consumo y los niveles de actividad económica, ignorando que muchas veces su impacto es exactamente el opuesto al buscado, especialmente en el mediano y largo plazo.Este razonamiento fue erróneamente justificado por la teoría económica en la década de 1960, en el llamado “multiplicador del presupuesto balanceado” (o Teorema de Haavelmo); y está siendo utilizado nuevamente en Argentina como mecanismo para revertir el reciente resultado electoral.El mismo partía de la base de que como el consumidor privado no gasta la totalidad de su ingreso si el gobierno incrementa el suyo y lo financia con un impuesto por un monto equivalente, aumenta el gasto total de la economía al bajar el ahorro del privado.Sin embargo, este argumento deja de lado la obviedad de que el ahorro debe tener como contrapartida un incremento en alguna tenencia financiera, y el emisor de este activo financiero expandió su gasto por encima de su ingreso.Solo cuando el ahorro es en divisas –y siempre y cuando el incremento del gasto público no acelere las salidas de capitales- se podría dar un incremento del gasto interno total. Solo los programas que fortalecen la confianza mejoran la actividad económica en el corto plazo.La experiencia histórica de la casi totalidad de los países muestra que los comportamientos irresponsables en materia de gasto (ya sea público o privado) generan problemas, terminan en crisis y empobrecen a la población.Estos comportamientos irresponsables se reflejan en las cuentas externas y en las cuentas fiscales de los países. Cuando los economistas hablan de “equilibrios macroeconómicos” se refieren a los equilibrios de estas dos variables.La experiencia de los diez países con mayor crecimiento del ingreso por habitante en lo que va de este siglo muestra que todos tuvieron desequilibrios fiscales moderados (o saldos positivos) y elevados niveles de ahorro privado que les permitieron financiar a sus gobiernos y prestar el excedente a otros países (superávits en cuenta corriente), mientras que los 10 países de peor desempeño mostraron bajos niveles de ahorro y frecuentes crisis cambiarias.La experiencia argentina de los últimos 40 años es lamentable. Durante este periodo hubo 22 años de crecimiento positivo y 18 con bajas del PBI (quizás la mayor volatilidad del mundo), y la tasa anual promedio de crecimiento fue apenas del 1,55%, valor que apenas supera la tasa de crecimiento de la población, por lo que el crecimiento del producto por habitante fue de apenas el 7,5%.Casi todas las crisis económicas argentinas estuvieron asociadas a crisis cambiarias, reflejo final de déficits fiscales que incrementaron el endeudamiento, elevaron la inflación y deterioraron las cuentas externas, con la consiguiente pérdida de reservas que culminaron en devaluaciones.Los controles de cambio no resuelven este problema; por el contrario los exacerban. Los supuestos efectos expansivos de los desequilibrios fiscales duraron poco (muchas veces no se dieron), terminaron bajando el PBI en el mediano plazo y deteriorando el bienestar de la población.La dinámica es muy sencilla. El aumento del gasto público debe ser financiado por alguien que baja el suyo, y si genera desconfianza se reflejará en fuga de divisas que baja el gasto total y da inicio a una crisis cambiaria.Si bien los periodos de baja del PBI son generalmente seguidos por periodos de suba (rebote), estas subas no compensan las caídas, por lo que el país pierde en forma neta; peor aún, la inversión baja en los momentos de caída (porque existe capacidad ociosa) y las recesiones afectan la rentabilidad de la inversión por lo que la inestabilidad reduce las tasas de retorno y desincentiva la inversión.Estas tendencias se ven claramente en lo que se denomina “la contabilidad del crecimiento” -en la que se muestra el bajo crecimiento histórico del empleo, de la inversión y de la productividad-, y en el elevado “riesgo país” que torna inviable la mayoría de las inversiones.Los beneficios de restaurar los “equilibrios macroeconómicos” son obvios y relativamente rápidos en materializarse. La eliminación de las crisis periódicas permitiría elevar significativamente en forma directa la tasa promedio de crecimiento, al mismo tiempo que elevaría la tasa de inversión y las mejoras en productividad, lo que se reflejaría en subas adicionales de la tasa de crecimiento del PBI, en la baja del desempleo y de la pobreza, y en mejoras del bienestar.Si a esto le agregáramos la implementación de las reformas estructurales que se necesitan para aprovechar plenamente el potencial argentino, el futuro de nuestro país sería otro, totalmente distinto al del último siglo.Es imprescindible que nuestros políticos incorporen una visión de mediano y largo plazo y dejen de lado “ventajas políticas” de corto plazo que nos empobrecen. Ricardo Arriazu es economista.

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