Leí el artículo de Tatiana Schlossberg a fines de noviembre pasado, cuando apareció en la edición online de The New Yorker. Alguien que me conoce bien me acercó el texto en el que la periodista y autora experta en temas ambientales –nieta de John F. Kennedy y Jackie Bouvier– escribió acerca de la enfermedad que estaba acabando con su vida. No se trataba de un artículo más: pocas veces leí un testimonio más triste, hermoso y realista sobre la inminencia de la muerte. Schlossberg murió el 30 de diciembre, un mes después de aquella publicación. Tenía 35 años, estaba casada con el médico George Moran y era madre de dos hijos. Su escrito es arrasador pero hay en particular una frase que tritura mentes y corazones. Llega luego del fracaso de varios tratamientos, cuando el médico dice que las perspectivas no son buenas y que a lo sumo podrá mantenerla con vida un año más. Ella lo escribe así: “Lo primero que pensé fue que mis hijos, cuyas caras veo cada vez que cierro los ojos, no me recordarían”.El diagnóstico había llegado en 2024, horas después de parir a su hija menor, cuando en un análisis de rutina detectaron una cifra desmesurada en el conteo de glóbulos blancos. Fue entonces cuando en lugar de seguir la dinámica del posparto, Schlossberg se encontró sorpresivamente buscando junto a los médicos una cura para la enfermedad mortal que amenazaba su vida. Era una mujer sana, eso creía. Le anticiparon que se avecinaba un tratamiento experimental durísimo que incluía trasplantes de médula y quimioterapia. “No podía creer que estuvieran hablando de mí”, escribió. “Había nadado una milla en la piscina el día anterior, con nueve meses de embarazo. No estaba enferma. No me sentía mal. De hecho, era una de las personas más sanas que conocía. Corría regularmente de ocho a dieciséis kilómetros en Central Park.Tenía un hijo al que amaba más que a nada y una recién nacida a la que tenía que cuidar. Esta no podía ser mi vida”.El artículo terminó siendo el más leído en The New Yorker en 2025, circuló intensamente en las redes sociales y en ámbitos diversos. Tuvo también amplia difusión por whatsapp, un clásico de los materiales que tocan fibras íntimas, sensibles, humanas. Su título resultó un hallazgo poético y descriptivo: Una batalla con mi sangre (“A Battle with my Blood”, en inglés). Su contenido promovió un fenómeno editorial ya que dio lugar a gran número de notas publicadas en medios de todo el mundo y de diferente género periodístico. Algunas de esas notas se centraron en la importancia de divulgar enfermedades poco conocidas como la leucemia mieloide aguda, el mal que le provocó la muerte a Tatiana Schlossberg (con entrevistas a médicos e investigadores que destacaron que el ensayo ayudó a generar conciencia sobre la necesidad de más fondos e investigaciones para abordar los cánceres resistentes al tratamiento) y muchas otras pusieron el foco en la tragedia como destino asociado a la familia Kennedy, acechada por el drama de muertes jóvenes, violentas, inesperadas. También se publicaron artículos y columnas de opinión que destacaron el modo en que, en medio de su tragedia personal, Schlossberg (hija de la diplomática Caroline Kennedy) lograba una pieza de periodismo político. Ocurre que hay fragmentos de su artículo en los que descalifica por falta de autoridad científica y cuestiona con dureza las políticas sanitarias de su primo segundo Robert J. Kennedy, abogado, político, ex activista ambientalista, reconocido antivacunas y promotor de teorías conspirativas y actual secretario de Salud y Servicios Humanos del gobierno de Donald Trump. “A medida que pasaba cada vez más tiempo de mi vida bajo el cuidado de médicos, enfermeras e investigadores que se esforzaban por mejorar la vida de los demás, vi cómo Bobby (N. de la R., apodo familiar del funcionario, el mismo que tenía su padre) recortaba casi 500 millones de dólares para la investigación de vacunas de ARNm, tecnología que podría usarse contra ciertos tipos de cáncer”, escribió. Todas estas son sin duda razones valiosas para explicar la gran circulación que adquirió el ensayo. Pero me atrevo a sugerir que el verdadero motivo de su alcance y la fuerza de su difusión radica en cómo estaba escrito, es decir, por el estilo exquisito y delicado con el que la periodista y escritora Schlossberg –y no la enferma– elaboró la crónica de su experiencia con el dolor y la cercanía de la muerte. Me refiero a las palabras que eligió para contar su historia (incluídos los versos del poeta Seamus Heaney) y la forma en la que articuló el relato, pero también a los detalles que eligió resaltar. Como sabemos, son los detalles los que finalmente le dan vida al todo. Hablo en concreto de lo que Schlossberg llama “indignidades y humillaciones” durante su tratamiento, como las llagas en la boca, las hemorragias o los vómitos incontenibles; de su atenta mirada sobre los cuidados, de su emoción por la presencia de su marido y sus hijos, del amor de su madre y sus hermanos y (uno de los trasplantes de médula se hizo con células madre de su hermana) y de su temor por el dolor que su posible muerte les causaría. Más detalles o elecciones de autor que estremecen por identificación, sensibilidad o simplemente porque alguna vez todos estuvimos ahí, ya como pacientes o como familiares de los enfermos: el agradecimiento infinito cuando describe a las enfermeras y también a sus médicos, uno de ellos un judío ortodoxo que recorría el mundo buscando tratamientos para ella y atendía sus mensajes aún en shabat; otro, una suerte de científico loco que vestía siempre con moño y “no se inmutó cuando saqué un rosario y una botella de agua bendita, bendecida por el Papa Francisco y enviada desde Roma. Me miró y dijo: ‘ Vaya con Dios’”.Tatiana Schlossberg sabía escribir (fue autora de artículos en The New York Times, The Atlantic, Vanity Fair, Bloomberg y otros sitios) y también sabía hacer divulgación científica de calidad, sin perder el rigor pero humanizando las cuestiones más técnicas. Así narraba el procedimiento del primer trasplante de médula:“Mi hermana mantuvo los brazos estirados durante horas mientras los médicos le drenaban la sangre a uno, extraían y congelaban sus células madre, y bombeaban la sangre de nuevo al otro. (…) Las células olían a sopa de tomate enlatada. Cuando empezó la transfusión, estornudé doce veces y vomité. Luego esperé a que se recuperaran mis recuentos sanguíneos, a que las células de mi hermana sanaran y cambiaran mi cuerpo. Nos preguntábamos si me contagiaría su alergia al plátano o su personalidad”. Otro rasgo de humanidad en las reflexiones de Schlossberg: la culpa. Aunque es ella quien está muriendo, en algún punto se siente responsable de que sus hijos no puedan contar con ella en el futuro, a lo que añade el dolor que su muerte le causará a su madre, Caroline. “Durante toda mi vida he intentado ser buena, ser una buena estudiante, una buena hermana y una buena hija, y proteger a mi madre y nunca disgustarla ni enfadarla”, escribió Schlossberg. “Ahora he añadido una nueva tragedia a su vida, a la vida de nuestra familia, y no hay nada que pueda hacer para evitarlo”, se lamentaba.Tenía presente con angustia que en su familia se vivieron tragedias como los asesinatos de su abuelo, el ex presidente John F. Kennedy (en 1963) y de su tío abuelo, el senador Robert Kennedy (en 1968) o el accidente aéreo que les costó la vida a su tío John John, el hijo de JFK, y a su esposa, Carolyne Bessette (en 1999).No soy la única que lloró durante la lectura de este artículo, sé que hubo personas de diferentes países y generaciones que se emocionaron como yo. Sé también que la noticia de la muerte de Tatiana Schlossberg, aunque no fue sorpresiva, fue conmocionante. Lo explicó bien en su cuenta de Instagram la periodista y escritora venezolana Luz Mely Reyes, cofundadora del sitio de noticias Efecto Cocuyo, quien también había leído el artículo en el momento de su publicación. “Es como si la hubiera conocido”, escribió y resumió así el sentimiento de muchos lectores.Hay algo más en la edición del artículo y es el tratamiento de la ilustración que eligieron en la revista para acompañar un texto que nadie había pedido y que, según asegura David Remnick, director del New Yorker, fue publicado casi sin correcciones, así como lo envió su autora. Son las fotos de Thea Traff, estremecedoras en su sobriedad. La mujer que está ahí ya no parece una joven madre sino una anciana precoz, en los huesos. En una de las imágenes, sentada de costado y con los pies desnudos, vestida de rojo y blanco, Schlossberg mira a la cámara con ojos serenos, resignados. Está en la casa de sus padres, adonde se trasladaron para facilitar su atención y también la de sus chicos. Junto a ella se ve una pizarra con pie de madera que conserva las huellas de lo que seguramente son dibujos de su hijo mayor, el de 3.“Mi plan, de no haber enfermado, era escribir un libro sobre los océanos: su destrucción, pero también las posibilidades que ofrecen”, escribió. “Durante el tratamiento, descubrí que uno de mis medicamentos de quimioterapia, la citarabina, debe su existencia a un animal marino: una esponja que vive en el mar Caribe, Tectitethya crypta. Este descubrimiento fue realizado por científicos de la Universidad de California, Berkeley, quienes sintetizaron el medicamento por primera vez en 1959, y quienes casi seguramente dependían de fondos gubernamentales, precisamente lo que Bobby ya ha recortado. (…) No escribiré sobre la citarabina. No descubriré si pudimos aprovechar el poder de los océanos o si los dejamos hervir y convertirlos en un vertedero. Mi hijo sabe que soy escritora y que escribo sobre nuestro planeta. Desde que estoy enferma, se lo recuerdo seguido para que sepa que no era solo una enferma”.Cuando se publicó el texto original, que fue reproducido y glosado en todo el mundo, leí comentarios en las redes de gente inteligente e informada que no terminaba de entender por qué los medios extranjeros se hacían eco del anuncio de la enfermedad de la nieta de Kennedy y ocurrió algo parecido cuando se informó su muerte. En general eran observaciones de personas que no habían leído el artículo y que hablaban por default, como se acostumbra ahora que todos estamos obligados a tomar posición sobre todo, aún sobre lo que desconocemos en absoluto. En primer lugar, me encantaría recordar que esta mujer fue bastante más que la nieta de un ex presidente asesinado y que si en su vida se propuso trabajar en una causa generosa como la ambiental, a la hora de su muerte escribió un texto que puede leerse como un legado de lucidez humana. Estoy convencida de que la historia narrada en primera persona es lo que conmueve en primera instancia, pero que lo que moviliza de manera singular es el modo en que Schlossberg ordenó y organizó su relato, algo que solo puede hacer quien sabe escribir y nunca olvida que al otro lado de la letra hay un lector. Lo que hay en el texto de la mujer que contó su tragedia y su pelea con la enfermedad es humanismo en dosis que hace tiempo no encontrábamos. Ese es el hallazgo. Es un texto magnético escrito por una mujer real, con un dolor real y con una conciencia extraordinaria de su lugar en el mundo pero también del lugar de los otros. Es la voz de alguien que habla con profundidad de los matices de la existencia, de las miserias de la política, de los temores cruciales, de la naturaleza y de las emociones y lo hace en el estribo de su vida y mirando de frente a la muerte apresurada. Ese caudal de ideas no se estimula con un prompt. No hay dudas de que esa riqueza de pensamiento solo puede producirse desde una perspectiva absolutamente humana.
